ALUNAH – Solennial

A todo aquel que ojee de vez en cuando estas críticas sabrá que periódicamente sale a pasear el nombre de Alunah. Años atrás, algo desconectado de las novedades del doom en favor de otros sonidos, esta banda, Windhand y Hela me hicieron regresar al género gracias a su pátina shoegaze sin caer en los extremos de bandas como True Widow–, muy socorrida en la actualidad pero que por aquel entonces tuvo el efecto de tirar de mí en varias direcciones hasta ser deformado, rellenado por el viento y echado a flotar por dimensiones insospechadas. Este misticismo pagano que cambió las reglas de un doom encasillado en los juegos de rol y las barracas feriales, poco a poco ha ido perdiendo fuelle. Así, tras un último LP de Windhand bastante más ‘terrenal’ y a la espera de ver cómo les sienta a los ilicitanos Hela el cambio de vocalista, un escalofrío recorre nuestras esperanzas, sospechando si sus males de ojo no se les habrán vuelto en contra.

@eserregeio

Tras perdernos por el bosque en Awakening the Forest (2014) este cuarto largo se inicia con los acordes solares de “The Dying Soil”. Un sol negro, porque a cada trazo que la guitarra lanza hacia la luz ésta se emborrona como la tinta de un zurdo; Sophie, cual fantasma melancólico, introduce un sonido de violín que parece crear una atmósfera lacrimógena pretendiendo empañar el resto de su discografía. Como si echase la vista atrás y llorase por ella. Esa época se ha acabado, no más heavy-psych, ahora sólo lagunas y melancolía. Es por eso que la distorsión recibe el nombre de “Light of Winter”, luz de invierno, luminosidad débil de un pasado a olvidar. Las vocales poseen menor garra, no quieren desgarrarse pese a que las guitarras se esfuercen en proporcionarnos el sentimiento propio de cuando de repente caes en una montaña rusa; del peso de la gravedad en nuestras aflicciones. Ese era el sello de los de Birmingham, sedarnos con un sonido hipnótico y repetitivo, directo a nuestro subconsciente, para hacernos descender hasta él gracias al contrapunto de las vocales. Pero éstas ya no son un cuchillo en nuestra espina dorsal, teniendo más de murmullo o letanía, capaces incluso de provocar que el mismo solo de guitarra no sea frenético, desposeyéndole de lo que se supone su esencia. Ese parece ser entonces el objetivo de este álbum, quitarnos lo que se en teoría somos y dejarnos viviendo. Ojalá.

“Feast of Torches” no se mueve ni un ápice de la cruz que ha marcado este álbum en el suelo, y los instrumentos, ya sean orgánicos o eléctricos, se mantienen firmes, sobrios, mínimos, de la misma manera que Ulises se ató al palo de su nave para no ser seducido por las sirenas del fuzz. Será por eso, ahora paradójicamente libre de escucharlas, que la voz de Sophie se aclara y fluye sin ser coartada mientras el resto de los instrumentos están amordazados –incluso cuando posean uno de los solos más setenteros de toda su discografía. Falta esa compenetración, como si estuviéramos ante una ruptura y nos quedasen únicamente sus broncas, pues éstas son las que ahora crean la atmósfera onírica, insana, cuando en anteriores álbumes surgían gracias a la armonía oculta en el humus de la naturaleza. Nos movemos en direcciones contrarias y “The Reckoning of Time” –otra alusión en el título a su estado, a la asunción del tiempo– está tan cabreado que se acerca al sludge más fangoso, donde la lengua sibilina de las vocales actúa como una reina vudú condenando al pantano al silencio, al ocultamiento. Amordazadas, las guitarras tiran por unos tintes progresivos alejadas de sus registros habituales, descolocándonos completamente. Al menos nos dan el polvo de reconciliación, acaso el último, con violencia y ternura al mismo tiempo, como sólo esta banda sabe hacer, dulce canto de cisne. De nuevo, tirando de la ironía y de la paradoja sonora –lo mejor de este álbum– el corte que habla del tiempo es aquel que, por un lado, con su ralentización intenta retenerlo y, por otro, posee destellos de un pasado magnífico que no volverá.

Otra paradoja más tiene que ver con que precisamente el cambio es lo que les hace sonar repetitivos, el equilibrio para alcanzar lo sublime es peligroso y cualquier mínima variación de su fórmula puede hacerles caer en un terreno ya yermo a estas alturas. El comienzo de “Fire of Thornborough Henge” es el del bosque quemado, donde las vocales no saben muy bien si cantarles una triste canción de mediodía o un grito de jolgorio. Un tema doom de cinco minutos que parece alargarse hasta la media hora, siendo lo más rescatable de las cenizas unos punteos de guitarras que remiten al rock alternativo, esperando que sople el viento y se las lleve lejos, hacia “Petrichor”. Resulta significativo que para anclar su comienzo con una referencia externa echemos mano a los HIM del álbum Venus Doom antes que a la prole más directa de los Sabbath. No obstante, algo que lejos de ser malo resultaba esperanzador, se vuelve a quebrar al entrar una sección de cuerdas, casi atmosférica, que otra vez ahonda en esos dos mundos escindidos entre los que no existe continuidad pero tampoco un contraste capaz de proporcionarnos un festín de sangre y bilis; se trata más bien de la indiferencia de la monotonía.

Cuando el arreón final no es capaz de conjurar al minotauro y se queda en una pataleta de unos hippies narcotizados, viene a ayudarnos “Lugh’s Assembly” con, ahora sí, por fin, una melodía propia del flautista del Hamelín, captando toda nuestra atención sin que la voz nos diga que no, que no le sigamos; también Sophie se sitúa debajo del paraguas de la lluvia donde las gotas son cuchillas y van del suelo al cielo. Con todos los componentes del grupo reunidos cual aquelarre parece que el tema se va a acelerar. Pero sólo son nuestros corazones que germinan amapolas y se pudren al mismo tiempo dejando un reguero de opioides por nuestro riego sanguíneo, haciéndonos flotar, pero no una levitación cualquiera, sino un viaje astral a lo más oscuro. Allí se encuentran ellos, con ese sonido negro que sin embargo es multicolor, siendo unos privilegiados a la hora de traducir esa dualidad sesentera que pocos grupos han sabido captar. Como no podía ser de otra manera en este Solennial, la canción se va a romper en un fragmento de cuerdas, solemne, que esta vez, acaso aupado por el ritmo del mismo tema, resuena a western crepuscular, acercándose a la exquisitez taciturna de Earth que devendrá en un solo aullando a la luna roja, transformándose las vocales en unas masculinas. Éstas, con su deje ochentero preparan el terreno para el tema final, una versión del “A Forest” de The Cure que podemos disfrutar –aunque el gozo hubiera sido mayor de haber mantenido los sintetizadores– pues por fin han conseguido integrar sus distintas partes en un tema, haciendo que los ochos minutos sepan a poco y que, lo más importante, no tengamos que decir que lo mejor del álbum suena a trabajos previos; también hay propuestas interesantes en sus novedades

Sin contar con la citada versión el álbum sólo contiene unos treinta y siete minutos, casi como si estuviésemos ante un EP, un callejón sin salida de una banda que parecía haber desentrañado los misterios de la alquimia. Algo de magia les queda, la suficiente para ocultarse y esperar a resolver una evolución que no termina de cuajar, empeñada en cambiar sin querer alejarse de lo que les ha hecho grandes. Virtud y maldición que les impide dejarse llevar en sus nuevas creaciones.

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alunah Solennial

Formación

Sophie Day: vocales, guitarra
David Day: guitarra
Daniel Burchmore: bajo
Jake Mason: batería

Tracklist

1. The Dying Soil
2. Light of Winter
3. Feast of Torches
4. The Reckoning of Time
5. Fire of Thornborough Henge
6. Petrichor
7. Lugh’s Assembly
8. A Forest

alunah

7.6
  • Puntuación 7.6

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