KNOCKED LOOSE – Laugh Tracks

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Comenzar una crítica afirmando que estamos ante uno de los más notorios debuts del año, qué digo, de los mejores trabajos de la temporada, quizás sea arriesgado y sin embargo es algo que se masca en el ambiente. Al menos si atendemos a la descomunal expectativa que ha levantado esta banda de Kentucky contando tan sólo con un EP, Pop Culture (2014), y un split el año pasado caracterizado por unos navajazos capaces de dejarnos hechos unos zorros sin dañar ningún órgano. Pero aquí hemos venido a trazar la anatomía de un asesinato.

Nos vamos poniendo los guantes forenses con “Oblivions Peak”. La lentitud beatdown infernal inicial prepara para la carga casi como si estuviésemos ante un apuñalamiento en el previo de un concierto de Slayer hace treinta años y al estirar la cuerda del tiempo hacia el presente a cámara lenta ésta nos golpease a modo de látigo. Por no hablar del dolor de mandíbula y los moratones por el cuerpo que surgen de la nada, de esto debe ir lo de los estigmas de los santos. El sonido continúa indiferente ante nuestras dolencias, haciendo círculos cara vez más y más graves cavando nuestra propia tumba en el núcleo de la tierra, allí donde no nos quedan más tejidos por desintegrarse. Entonces aceleran como sólo los tanques saben en una formación sonora sin poros, de ahí que sudemos aunque lo escuchemos en pleno invierno siberiano. El parón a mitad sirve para que el tema se doomice y nos sodomice en un intento por seguir sacando chicha de nosotros; así, nuestros huesos se rompen, saliendo los juguillos esos que tanto les gustan a los perros y a las abuelas. Cada nuevo pasaje implica otro hueso roto.

Si en un único tema Knocked Loose ya nos impide hasta el consuelo de quedarnos en los huesos y nos reduce a la nada, a saber qué nos deparará “Deadringer”, pensamos estremecidos entre el miedo y el placer. Así es el beatdown, el chopped & screwed blanco, extraído de una combinación entre thrash, death y hardcore sin caer en el sludge aunque sí en el fango. A lo que íbamos, si queda algo de nosotros para el temprano “Deadringer” entonces seguimos con lo puesto, si no es el caso nos dan una vida extra a cambio de una moneda, nuestro alma. Los oídos nos pitan, apareciendo en mitad de algún tipo de batalla que no llegamos a comprender. No nos queda más remedio que golpear al bulto, respirando en todos aquellos parones que no son exactamente los breakdowns del deathcore –característica fundamental para distinguirles tanto de otras bandas como de futuros temas dentro del álbum donde fallan en este elemento clave. No hay rastro de un carácter fantasioso, aquí es todo mucho más sudoroso, tangible, lo que no quita para que haya otras muchas cosas más; en los tres minutos que duran el corte podemos ir de lo atmosférico a lo más crudo, de Converge a Carnifex, de Hatebreed a los All Blacks o un sample de velas, copa de vino y cena romántica.

Si con los dos primeros tracks ya disponemos de un canon de la banda, donde su rango de sonidos recupera patrones conocidos por todos pero les mete un sentimiento de dolor agudo propio, distinto del resto de grupos afines, para “The Rain” el ambiente horrorcore de unas guitarras chirriando nos sitúan en un tema más metalcorero/deathcoriano con una menor variedad de recursos. A pesar de que en el corte anterior cada instrumento tirara hacia una tortura distinta aquí son más previsibles los juegos entre el parón y el golpeo sónico que dan el pistoletazo de salida a una cabalgada. Que la veamos venir no impide que tengamos una sensación de acidez estomacal, vomitando bilis; en la combinación de semejante lluvia radiactiva de todos los participantes volvemos a desintegrarnos en su sonido, aunque esta vez dejándonos tejidos sanos. Los suficientes como para llegar andando bajo nuestro propio pie a “Blood Will Have Blood”, una continuación del anterior o de unos Chelsea Grin rejuvenecidos con unas gotitas hardcore, un par de charletas al oyente y un arreón final.

Tras cuatro temas tenemos la suficiente pólvora en el rifle como para disparar la pregunta de por qué esta banda estadounidense ha llamado tanto la atención con tan pocas referencias en el mercado. Precisamente en estos dos últimos cortes podemos encontrar la respuesta de manera más clara en tanto su calidad es inferior. ‘¿Pero qué mierdas dice éste?’, te preguntarás, y con razón. Pero si en ambos “The Rain” y “Blood Will Have Blood” captamos qué tienen de singular Knocked Loose esto se debe a que dentro de su carácter sonoro clónico destacan por una sensación de angustia únicamente conseguida por los pocos grupos que saben y pueden hacer mathcore. Ellos no llegan a ese virtuosismo pero como marca blanca fabricada a partir de otros ingredientes, otro sonido, saben perseguir su estela. Y está claro que aquello que destaca por encima del conjunto es el grito roto de Bryan Garris.

Por si nos habíamos relajado entre convencionalismos cercanos a algún tipo de variante del metallic hardcore –englobe lo que esto englobe– echando en falta su personal reformulación del beatdown lleno de recovecos, trampas y puños, con “Counting Worms” nos enfrentamos a un minuto y trece segundos de una guitarra siendo puesta a punto por un afilador con parche en el ojo, una batería empachada y una voz con brote esquizo de tanto fumeque, transformándose en un perro con rabia que se arranca los pelos y posteriormente arde por combustión espontánea. Nada más que decir.

Tal guantazo sonoro nos despierta y nos enfila hacia “My Heroes”, en donde nos dejan claro de qué van por si entre tantas tortas que llevamos estamos algo despistados. El bajo roe la realidad, la batería se ríe de nosotros a lo Joker y las vocales regurgitan el lado oscuro de la luna y de nuestro corazón. Además esta vez el conjunto se canaliza en un riff gargantuesco que sitúa a la banda cerca del stoner-sludge-doom y a nosotros/as de una buena erección con aquella parte del cuerpo que dispongamos más a mano. Si parecía que los de Kentucky habían expuesto todo su plan maestro en los primeros temas aquí nos sorprenden con los esbozos de un macrogénero que recoge distintas tradiciones con el resultado de un hongo atómico, dando lugar a una nueva raza humana que vive en las alcantarillas y que hace el amor en los pogos. Eso parece decirnos el resto del tema, con sus parones, sus guitarras incendiarias, una voz sin garganta y la cadencia de quien dispone de un sistema sanguíneo que bombea uranio. Esta nueva especie venera a “Billy No Mates” con sus guitarras sonando a alarma, a peligro… eso sí, también tiene su kryptonita, el punteo de las cuerdas, los pinchazos de dolor en un cuerpo que se cree indestructible. Por lo demás es cierto que lo aparenta, sus detenciones hardcore proclives a los circle pits o sus breakdowns de niños ratas aquí no son tales sino un minotauro encerrado y nervioso, subiéndose por las paredes, destrozando la caverna y saliendo. No verá la luz platónica sino que será clavado por millones de agujas vudú. Para más inri, en esta destrucción del titán el papel del vocalista de Counterparts, Brendan Murphy, es la del gerifalte romano que decide entre vida y muerte. Tensión asegurada.

Si contemplamos lo que Laugh Tracks nos ha brindado hasta ahora percibiremos el inteligente diseño de la estructura del álbum, formando pequeños EPs en su interior. Así, los dos primeros temas exponen los virtuosismos de la banda para en los dos siguientes dejarnos ver su núcleo, su característica primaría, el quinto funciona a modo de interludio mientras que estos dos últimos se han centrado en una mini-historia atreviéndose con otros horizontes. “Last Words” vuelve a ser un corte, de sonido de ultratumba, de zulo donde al salir la luna el eterno preso aúlla de dolor, un lugar a medio camino entre el beatdown lleno de barro y el deathcore del necrófilo. En un agujero entre estos dos caminos el preso echa a correr encontrando por fin una vía hardcore acelerada que todavía no habíamos disfrutado en todo el trabajo. Esta vez la voz busca los matices, las guitarras se mantienen en el standby de quien sigue con la mirada a una mosca, y el paisaje de oscuridad nocturna nos tienta a esperar un giro al black como el que están tomando muchas bandas del estilo. Por el contrario, estos estadounidenses se mantienen en los ritmos gordos, en el equivalente a arrasar con el hammer del mundo hip hop, con una apisonadora que puliendo las desigualdades del suelo forma un grumo tan liso que el tema casi casi acaba en lo orquestal.

Es cierto que “No Thanks” también trata la locura, pudiendo ligarlo con el corte anterior, sin embargo éste se desnuda de matices y extrema el rango tonal de las vocales, provocando que si Mike IX Williams las escucha le den ganas de volver a pincharse. Para evitarlo los riffs buscan la variación, haciéndose más heavys y alcanzando el punto justo para disfrutar de la trituradora sin que nos dé la sensación de que el tono se está haciendo demasiado serio en relación al comienzo del disco, cuando incluían samples y se apreciaba un carácter algo más festivo, paródico como el carnaval y las máscaras venecianas de la portada. De esta manera, si nos acercamos un poco más y no miramos a los temas como conjuntos de a dos el regusto que nos deja es que le faltan matices a los temas, las gotas de extravagancia que se intuían al inicio. Y a este inicio nos remite “A Fetish”, como queriendo cerrarse un círculo que es el del cinturón ahogándonos el cuello. Así, esas guitarras que en otra época se habrían tirado al crossover más cadavérico y sucio aquí son aguijonazos de depresión que nos derriban, obligándonos a adoptar la postura de la croqueta al ritmo de unas vocales que intercambian la urgencia con la voz de la muerte y su guadaña, dispuesta a cosecharnos en el último “Laugh Tracks”. No tan curiosamente su ritmo groovero nos invita a levantar la cabeza, buena táctica, así resulta más fácil rebañárnosla. Su ritmo marcadamente 4×4 se deja querer bajo una formulación hardnucoremetal que rebaja la tensión para que accedamos a introducirnos en el lecho de Procusto y estirarnos hasta que pillemos la forma que la banda quiere. La tortura se realiza con una lentitud mantenida mientras una voz celestial se intuye por el cielo, dándonos esperanzas de una salvación que no llega, porque este Laugh Tracks va sobre el sufrimiento, como las agujetas de después de reír.

El aire a juventud que desprende la banda no tiene que ver con sus pintas o su edad sino por el hecho de que si nos ponemos este álbum en unos altavoces potentes y dejamos que nos reviente la cabeza sin dar importancia a dónde empieza un track y acaba otro, como si fuera una larga pista dedicada a la destrucción, un NASCAR lleno de accidentes, entonces nos encontramos ante un trabajo realmente sobresaliente. Sin embargo el género que profesan, o quizás la banda como tal, no soporta tan bien las escuchas con cascos atendiendo a los detalles, distinguiendo claramente entre temas y poniendo puntos y comas al vómito. De esta manera el principal fallo del álbum no es él mismo sino la forma de aproximarse a éste. Otro gallo canta si entendemos a este Laugh Tracks como un bloque contundente que cuenta con un vocalista privilegiado y un estilo estrábico capaz de mirar al mismo tiempo a las formas más dementes del hardcore y al metal más cartilaginoso mientras que con la cabeza señala hacia otros derivados que no caben en el mismo saco. Y por ahí parece estar el futuro.

@eserregeio

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Formación

Bryan Garris: vocales
Isaac Hale: guitarra
Cole Crutchfield: guitarra
Kevin Otten: bajo
Pac Sun: batería

Tracklist

1. Oblivions Peak
2. Deadringer
3. The Rain
4. Blood Will Have Blood
5. Counting Worms
6. My Heroes
7. Billy No Mates
8. Last Words
9. No Thanks
10. A Fetish
11. Laugh Tracks

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