BEESUS – The Rise Of Beesus

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De acuerdo con la banda, Beesus es una representación del deseo humano de crear y destruir, de lo bueno y lo malo. El álbum debut de los italianos, grabado en vivo, contiene ambas vertientes en varios sentidos posibles que se abordarán a lo largo del análisis. Sin embargo, por si escuchar su música mientras leéis esto os coloca y no podéis discernir entre vuestras manos, la cara del perro y la estrella más brillante, comenzaremos con la valoración final. Y ésta es simple. Esta banda de stoner tiene mucho de clásico, con sus ventajas y sus inconvenientes, así pues lo verdaderamente valorable serán los destellos esparcidos a lo largo de los minutos, apuntando hacia trabajos futuros muy prometedores.

Teniendo en cuenta entonces el concepto del que parten, con ese lenguaje mitológico, no sorprende que el álbum nazca de la distorsión y los ecos sobrevolando el perímetro, fusionando lo atávico y el futuro como en aquel monolito de 2001: Una odisea en el espacio, salvo que esta vez el sonido está mezclado con trazas del científico loco a lo Re-Animator, donde las voces, cada vez más claras, son las almas dando vueltas alrededor del artefacto iluminándose progresivamente. Los breves golpeos del bombo, los de la criatura queriendo salir de su matriz, terminan en un estallido de riff pesadísimo; cómo no, el experimento ha salido mal y ha acabado absorbiendo al sabio temerario bajo una reformulación del clásico Jekyll & Hyde antes que bajo la forma titánica de Godzilla, tan caro a cierto imaginario stoner. Las vocales limpias con un fraseo desenfadado, desentendido, tienen mucho de las mechas californianas viendo una peli de serie b, del buen rollo del extremo de occidente. No obstante, el quiebro del estribillo guarda nuevos tesoros. Además de funcionar a modo de montaña rusa por la que caemos sin verlo venir gracias a sus amagos melódicos que acaban alzándonos de nuevo cual Aladdín en su alfombra, también se intuyen otros horizontes. Lo curioso es que no fue hasta escuchar el tema con un mini-altavoz de cuatro duros, distorsionando la distorsión, que no capte la fuerte línea grunge que resuena en su capa más profunda, influencia que se repetirá a lo largo del disco como si fuese una corriente subterránea que nutre al rio.

En cualquier caso, este cambio de registro, tanto a nivel profundo como en el cutáneo, nos despierta, haciendo que nos levantemos del sofá y apaguemos la televisión, pero, y ahí está la ironía stoner, el mundo que observamos allá fuera es precisamente el de los films de ficción. Vemos entonces las cosas tal como las proyectaría Roger Corman, pero no, no es una alucinación, todavía no estamos en ese punto del morado, sino que en cierto modo, si forzamos la mirada, comprendemos que ambos mundos son similares, vagas desfiguraciones el uno del otro. Sabiendo esto, a los cinco minutos el tema para y se reinicia con un bajo solitario cabalgando por el desierto, nosotros corriendo por las calles y arrasando con todo en una combinación de un Saiyan y Chev Chelios. Este vaivén de paisajes en el mismo tema debería caracterizar al género frente a los usuales apalancamientos. Aquí, cuando el bajo se satura del resto de instrumentos, observamos luchas contra gárgolas, motoristas satánicos, surferos nazis… preguntándonos por qué Paul Thomas Anderson eligió una banda sonora tan poco arriesgada, tan contextualizada, para adaptar a Pynchon en Puro Vicio pudiendo haber escogido temas stoner, creando un delirio todavía mayor, más fidedigno con el universo propuesto.

Siguiendo los pasos a lo dicho, olfateando el rastro, «6ft Under Box» comienza a lo jam carnavalesca, un poco al estilo de The Mystick Krewe of Clearlight, hasta que salen despedidos cual cohete de cabo cañaveral con el bajo a modo de fuel, donde las guitarras rechinan como sólo lo haría un animal prehistórico encerrado en una jaula diminuta. Su voz, nuevamente reúne a las costas soleadas del pacífico con las más frías, con el regusto desesperanzado del Seattle de los 90 mientras Beavis and Butthead eructan y la música sigue sobrevolando nuestras cabezas a velocidad de vértigo, casi hasta perder el control al estilo de las motos del Battletoads, aumentando la locura conforme el hartazgo y la paranoia se hacen dueños del sonido. Probablemente esto sea lo mejor del tema, esa progresión que va de lo desenfadado, pasa a lo enérgico y termina en el delirio doloroso conforme el bajo rebaña cualquier esperanza, acaso reinterpretando el destino de las contraculturas del siglo pasado.

Con la habitación destrozada, sintiéndola ataúd, llegamos al sonido funk de “Stonerslam”, un paisaje que tiene mucho de burla a las bandas sonoras televisivas con las que crecimos en décadas pasadas, antes de que ésta se considerase como un espacio de calidad superior al cine. La risa desencajada inaugura un ritmo deformado que retoma la historia anterior del chaval que ha bajado a la calle con una visión distinta de la realidad. Ahora se dedica a dar vueltas sin rumbo con un coche destartalado, la voz, describiendo lo que observa a través de las ventanillas, no se decanta por ninguna alternativa, nada le satisface, ni el yonqui tembloroso ni Superman salvando al mundo, ‘bueno, en cualquier caso ya me siento de las dos formas en este momento, en todo momento’, dice conforme aparca en “Waltzer”, el siguiente corte que continúa con el regustillo noventero, el cual obvia los cambios que introdujo Europa, desde Truckfighters a Mars Red Sky, por citar dos extremos de la nueva época dorada del género. Unos acordes simplones, de espíritu punk, son rotos por la clásica distorsión de los vástagos sabbathianos, dentro del tema más lento hasta el momento, quizás el más canónico, centrándose menos en variaciones y melodías para incidir en la sensación de pesadez, allí donde el humo posee una densidad inusual. Eso sí, la repetición del riff final es propia de la de un Fantômas maestro del mal que nos hipnotiza con éxito, introduciéndonos en un nuevo episodio del serial.

“Kusa” es la regresión que nos ha producido el mago. A través del bajo –de nuevo, un gran uso de éste a lo largo del álbum– nos llega un sonido de vinilo estropeado que tiene mucho de delirio setentero post-mansoniano o, al menos, tal como lo vemos nosotros anacrónicamente. Dentro de La última casa a la izquierda, o cualquier otra de hippies malignos, caminamos esperando duendecillos, muchachas sangrando, chavales ahorcados; desconociendo si somos víctimas o verdugos. Pisamos sonidos que parecen cucarachas, escuchamos a alguien exhalando opio en un sillón, tosemos y la luz llega a otra habitación, el sol se cuela por las rendijas de las ventanas tapiadas. Alguien mea. Salimos fuera, un bosquecillo traga a la caseta, atrapándonos las voces distantes. Allá, en su origen, gente con toga están imbuidos en un ritual, sin reparar en nuestra presencia. Continúan con la liturgia, súbitamente nos damos cuenta de que estamos paralizados y, entonces, fijan su mirada en nosotros. Un grito nos sitúa dentro del Wicker Man, ellos ríen y bailan alrededor, siendo las vocales el fuego que nos consume. De alguna manera conseguimos escapar, corremos por el bosque alumbrados por la luz de la luna, guiados por esas guitarras alargándose como el bosque de Lynch en Twin Peaks y los susurros detrás de cada hoja de árbol. ‘Maldición, no hay salida’, un acantilado nos devuelve a los perseguidores, por suerte, una espacie de nave voladora, acaso la alfombra del primer tema, nos rescata mientras los de la secta nos persiguen con sus escobas. El conductor de la nave nos pasa un leño y decimos, ‘joder, que mal lo he pasado pero que buena es esta mierda’.

Comprobamos que cada tema proporciona un viaje distinto, ¿serán sucesivos cambios de canal, encontrándonos encerrados allí? “Zenza” despliega unas guitarras más cercanas al frenesí del rock, donde el bajo esta vez es el trotar propio de quien acelera en el desierto por pura diversión gamberra. Al lado nos acompaña Silver Surfer y, detrás, los miembros de Jane’s Addiction. Todo bien, salvo por la ralentización repentina y el gigantesco gusano de tierra que aparece dispuesto a acabar con nosotros, ‘ya se me está jodiendo otra vez el subidón’, repetimos conforme el gusano se alza hacia el cielo en una lentitud doom casi drone. Lástima que el sonido se quede ahí, sin desarrollarse un poco más, como si el bicho estuviese quieto esperando a ser derrotado.

“Sonic Doom/Stoner Youth” persevera en la distorsión sucia, muy sucia, de la moto que no arranca y llena de humo negro los pulmones de los chicos de bien. Lo más interesante, aunque irregular, del tema es la cadencia de la voz, fraseando a escupitajos y casi rozando una combinación de stoner-rap que irá desvariando hasta ser embriagada por la monotonía, por la figura de un Jim Morrison borracho recitando a las masas. De este pasaje aceitoso, de excesos que bloquean a la imaginación, brotará a mitad un horizonte instrumental propio de la llegada de la sobredosis, allá donde el bajo hace flotar por el universo, viendo pasar a una tortuga que habla, un pez con piernas y en la cola un tubo de escape, un mago volando con su túnica expandiéndose como si fueran tentáculos. Por el contrario, la voz balbucea en este mundo y el resto de los asistentes se encuentran a su alrededor intentando revivirle. El final abierto del tema permite que “Mata La Vergüenza” siga ahondando en un mundo infernal, donde el sonido de mala calidad propio de una grabación ochentera en cinta, junto a ciertas cacofonías que mezclan lo estelar con el ritmo acelerado, lo sitúan más cerca del metal que del stoner, como si este último fuera la parte placentera del primero. De nuevo, una ruptura de la melodía a mitad deja que la guitarra se vuelva acuosa, tranquilizadora, queriendo traer el post-rock a un mundo anterior a él, tanto que los ecos recuerdan a los The Beach Boys sumiéndonos en una atmósfera cálida y placentera.

Si eso es la muerte o, por el contrario, la resurrección, tanto da, un gigante nos despierta queramos o no en “Beesus In Dope”. Malhumorados y algo desganados, como la cadencia del tema, nos cuesta alegrarnos de que haya un cambio de ritmo, y aunque otro monstruo aparezca para luchar contra el anterior el resultado no varía. El tema se acelerará sólo para ralentizarse de nuevo, rollo los Power Rangers solicitando apoyo, trasladándonos a una lentitud final llena de voces desesperadas que retratan un mundo tecnológico destruido, un limbo 2.0. Todo parece ir a cámara lenta, los edificios caen conforme la pelea de titanes se recrudece en una escena que, como los momentos psicotrópicos de Far Cry 3, le sienta muy bien al álbum, a punto de perder frescura y terminar con un regusto que no haría justicia al conjunto de la obra.

El final del tema, una radio sintonizándose, los colegas diciendo al prota que se despierte, que se ha pasado con el viaje. Acto seguido, en “…And” estos potheads se enchufan unas buenas cachimbas, asegurándonos que es la única opción posible frente al resto de alternativas que les devuelve el mundo. ‘No me arrepiento de nada de este viaje, ni de lo bueno ni de lo malo’, dice el protagonista de la aventura conforme su voz se transforma en un gruñido diabólico. O quizás simplemente le está pasando el trócolo a Satanás, disfrutando con ellos en el sofá, cansado de tanto curro.

beesus_2015

@eserregeio

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Formación

Touis: vocales
Pootchie: guitarra y vocales
Mutt: bajo y vocales
Mudd : batería y vocales

Tracklist

1. Rise Of Beesus
2. 6ft Under Box
3. Stonerslam
4. Waltzer
5. Kusa
6. Zenza
7. Sonic Doom/Stoner Youth
8. Mata La Vergüenza
9. Beesus In Dope
10. …And

Links de interés

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