BLACK TONGUE – The Unconquerable Dark

A pesar de haber lanzado su primer EP en 2013 y ser este The Unconquerable Dark su debut en el terreno de la larga duración, Black Tongue puede presumir de haberse labrado una importante reputación dentro de los sonidos Deathcore que tanta división de opiniones generan. Pero si es importante recalcar esta situación es debido a que afecta a la escucha e interpretación del álbum, ¿se le debe pasar por alto ciertos puntos flacos al ser una banda novel o hay que juzgarle con severidad en tanto ya se han constituido como un punto de referencia para otros grupos? Pregunta que conduce a la ulterior cuestión de si estas apreciaciones que trascienden la misma obra como tal han de ser consideradas o dejadas de lado al juzgar las canciones.

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Quizás la labor de la crítica sea explicitar ambos puntos de vista y permitir que lector/oyente se quede con aquello que más le interese. Desde esta aproximación, la severidad se aplicará principalmente en el apartado de la nota, mecanismo malévolo que por otra parte nubla los detalles y recovecos de la obra en favor de una clasificación inmediata que nos permita bien incluir rápidamente el trabajo en nuestros esquemas mentales, bien encontrar un punto para atacar al crítico.

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Sea como fuere ese es nuestro mundo y el primer corte, “Plague Worship”, nos introduce en una atmósfera Black a la que se impondrá lentamente una guitarra como preludio de la explosión y la subsiguiente onda expansiva. El Deathcore, género propio del nuevo siglo, aparece indesligablemente a cierta estética sonora aupada por la experiencia proporcionada por el mundo de los videojuegos –y con ello de la electrónica, pero ese es otro tema–, en donde la música cumple un papel distinto al del audiovisual pasivo –películas, por ejemplo–, modificando por lo tanto la manera en que escuchamos. Si este tema, y esta banda, destacan, será en parte por invertir la estructura habitual del género, visibilizando y haciendo disfrutable todo ese grano o white noise presente entre los breakdowns habituales. De ahí su extrema lentitud. Sin embargo, no se refieren exactamente a esto –tendencia más propia del Drone– cuando se autodenominan Doomcore.

Será en el siguiente tema, “In the Wake ov the Wolf”, cuando aparezcan las primeras trazas con ese tímido riff sabbathiano antes de huir hacia paisajes Djent más típicos en su particular recorrido histórico del terror, donde la bomba atómica del anterior tema deja paso al bosque ardiendo en ántrax. Pese a ello, las imágenes que sugiere este género propio de la malnutrida clase media occidental actual tienen más de slasher o, por citar algo actual, del juego Until Dawn, que de descripción literal de los no-tan-lejanos horrores armamentísticos. Se agradece, eso sí, que la banda se sitúe en el punto de vista del serial killer y su dolor de cabeza, la niebla pesadillesca que le traslada de la catatonia al espasmo violento, dualidad que exprime el corte “Young Gloom”, esta vez sí, con un sonido mucho más cercano a la tradición Doom yendo incluso más allá, forzando un sonido Stoner pasado por el filtro del “Hotel California” tras pernoctar allí una noche con Down sin que, por ello, se contagie de Sludge.

Otra de las virtudes del tema tiene que ver con el uso del silencio, permitiendo que éste se manifieste aunque sea tan sólo unas décimas de segundo. A pesar de que dentro de la música extrema el muy difamado Deathcore –en ocasiones con razón– haya hecho mucho en favor del citado silencio, no se debe confundir con lo mencionado anteriormente sobre el ruido de fondo. Esta afonía intermitente y explorada muy superficialmente indica un camino generalmente menospreciado por el Metal que sería muy interesante tener en cuenta en futuros subgéneros.

Es curioso que sea entonces “L’appel du Vide” el tema mejor valorado en las críticas que he leído, pues comienza con un blast beat, percusión en las antípodas del silencio, que marca una melodía mucho más sucia y deformada, a veces vecina de lo Industrial, que la de otros tracks del álbum. Esta mezcla de estilos convierten una música tildada en ocasiones de adolescente en algo mucho más descarnado o, por ponerlo en una dicotomía que haga justicia en tanto los adolescentes que conozco son mucho más radicales que los adultos, el paso de un sonido accesible a uno que se puede atragantar. Cruce de caminos que expresa fidedignamente nuestra juventud, siempre ante la duda de si se va a tener una cómoda vida de clase media con sus folleteos y sus vicios o si, por el contrario, se caerá en la marginación y la esclavitud. De ahí que este sonido sea válido para casi cualquier rango de edad, pues se han encargado de que, aunque sea irreal, esta duda e inseguridad nos corroa cotidianamente.

Con “Vermintide”, el quinto tema de nueve, en el que colabora Eddie Hermida trayéndonos ecos de Suicide Silence y All Shall Perish y la introducción de patrones más deudores del hardcore, fija definitivamente el mundo que el disco nos va a proponer: Los gritos encadenados de Hellraiser y sus cenobitas, ese infierno abrasador y azul que, como en sus secuelas, tiene su contrapartida en el infierno mental del que no podrás escapar. Y si no te lo crees ve al minuto 1.20 y escucha cómo ese ruido digestivo es el de un ser tragándose a sí mismo, dejando claro que no es Black Metal pues no intenta expulsar el mal a la totalidad sino que éste inhala al mundo. Por eso el álbum cortocircuita continuamente todo intento de circle pit, vagando ciegamente hasta que se topa con un breakdown como luces en la niebla o un turista con un coche de policía en Hell’s Kitchen.

Mundo que se seguirá desarrollando en los siguientes cuatro temas al mismo tiempo que introducirá parajes Doom de manera más tentativa que satisfactoria –por ejemplo, “Prince of Ash” y su mala implementación respecto al ambiente general. De esta manera el paso final de la bomba al pulso electromagnético en “The Masquerade” mezclado con el imaginario que nos proporciona el Doom, con sus pantanos y su brujería, crea imágenes cuanto menos extrañas y que podrán ser muy potentes cuando la banda aprenda a cómo combinarlas e integrarlas sin simplificar por ello sus otros puntos fuertes.

Sintiéndose cómodos con el formato EP parecería que los británicos han planteado un trabajo de corta duración bien pulido y le han añadido unas cuantas demos experimentales de cara a los futuros trabajos por llegar. Aunque quizás no exista tal futuro pues los últimos segundos nos introducen en el cubo de Lemarchand y cierran las puertas del infierno.

Formación:

Alex Teyen: voz
Eddi Pickard: guitarra
James Harrison: guitarra
Aaron Kitcher: batería

Tracklist:

1. Plague Worship
2. In the Wake ov the Wolf
3. Young Gloom
4. L’appel du Vide
5. Vermintide
6. Prince of Ash
7. The Masquerade
8. A Pale Procession ii: Death March
9. I’m so Tired of Sighing. Please Lord, Let It Be Night

Puntuación: 7,75/10

Si queréis saber más sobre ellos, podéis obtener más información de la banda en sus distintas redes:

@eserregeio

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