BLOODY HAMMERS – Lovely Sort of Death

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Bloody Hammers me enganchó con su segunda referencia Under Satan’s Sun (2014), la cual recogía el imaginario doom para hacer otra cosa con él gracias a la voz de Anders Manga, más cercana a Chris Isaak que a Wino Weinrich, aireando así una casa con un ambiente muy cargado. Ahora, con éste Lovely Sort of Death recuperan la línea visual de su primer Bloody Hammers (2012), haciéndonos vacilar acerca de si semejante decisión significa cierto estancamiento sonoro o una broma con la que dejar fuera de juego a rivales que vienen pisándoles fuerte, como Lord Vicar con ese Gates of Flesh (2016) que tan bien ha sabido combinar el doom con la sensibilidad del wave ochentero. Escuchémoslo entonces para salir de dudas.

El sintetizador que inaugura “Bloodletting on the Kiss” nos lleva directamente a una película de Carpenter –exacto, si has leído algún otro artículo del abajo firmante verás que el nombre del director neoyorkino sale a relucir en más de una ocasión, no perdiendo la más mínima oportunidad para otorgarle el reconocimiento que se merece como músico, pues su sombra es más alargada de lo que generalmente se le reconoce. Si en el anterior disco la simbología manejada tenía mucho del desenfado de los films satánicos setenteros ahora toca el callejón oscuro humeante y los fantasmas ochenteros. La voz aterciopelada de Anders Manga, característica fundamental de la banda, se confunde con un escenario en donde domina la atmósfera, desapareciendo las guitarras y dejando la percusión bajo mínimos. De esta manera, la voz cantante, con ese mansoniano deje de vender a los niños caramelos envenenados o llenos de clavos, se aferra a un registro bajo que deja espacio al componente electrónico, pasando así de la sucia calle de la era Reagan a la desorientación de una noche de los noventa y sus nuevas drogas. Experimentamos algo así como el paso del tiempo a grandes zancadas a través de un cuerpo incorrupto a lo Entrevista con el vampiro. Cuando el tema pilla ritmo y hacen acto de aparición los gritos del mendigo de los bajos fondos nos introducimos en un terreno más cercano a Type O Negative, recalcando de nuevo la importancia de la atmósfera, de la voz y del humor negro de fondo, eso sí, sin esas rupturas del ritmo tan desgarradoras que sólo sabía clavar Peter Steele.

A pesar de que los de Carolina del Norte mantienen los rasgos más reconocibles de su sonido ya intuimos aquí un corte respecto a previas referencias, mostrando un conato de difuminar su vena más dura. Quizás por situarse a medio camino entre dos mundos nos queda un tema con una línea inicial muy interesante que no termina de desarrollarse. El comienzo de “Lights Come Alive” parece cambiar de tendencia, aquí un bajo (post)punk nos sitúa en ese punto crítico que articuló los finales de los setenta y comienzos de la siguiente década, un sonido de derrota. Así, durante los primeros segundos las referencias al doom son absolutamente nulas, estando más cerca de The Cure o incluso de Killing Joe y el Dark Wave en general que de los pupilos de Black Sabbath. Lo cual no quita para que el estribillo pegadizo con más dejes hard rock de lo que desearíamos sea marca de la casa. Un espejismo que cae en lo que ya se entreveía en la obertura; el piano y la batería, famélicos, provocan que el corte parezca esquelético, dejando el peso de la hipnosis únicamente a la voz, empleando el bajo para tragarnos sólo cuando la boa nos tiene presos por completo. Esa indefinición que funciona a empentones ayuda a generar la sensación de que el tema podría valer tanto para una película de adolescentes, un remake de un clásico del horror o un artificio a la Rob Zombie. Y son precisamente estos fragmentos lo más destacable de una estructura repetitiva, antes que por la simpleza de la instrumentación –una puesta en escena minimalista podría ser un punto a favor–, por la poca ligazón entre teclados, bajo y voz, perdiendo la garra que poseía su anterior referencia.

Lo intentamos de nuevo con “The Reaper Comes” y ese sonidillo a infante jugando con un rotoscopio en un circo. Pero algo provoca que su atención se desvíe; los freaks caminando a su alrededor. Ese movimiento en donde la batería se impone con ritmo a un sintentizador en segundo plano, con la voz como pegamento, crea el fragmento del álbum con mayor potencia imaginativa, con el niño sintiéndose un freak y deseando vivir allí mientras que el freak sueña con ser normal. Dicho y hecho, al despertar de sus respectivas siestas habrán intercambiado cuerpos, permitiendo que cada uno viva la vida del otro, sus sufrimientos y alegrías. Como se acaba de comentar, las claves de esto son un ritmo mucho más resoluto y una voz que se esfuerza por capturar más matices, subiendo y bajando de piso, creando una canción que si bien dista mucho de ser la pegadiza vende álbumes presenta una compacidad memorable, incluso cuando su estribillo se introduce peligrosamente en las profundidades del rock alternativo. Y hablar de compacidad implica que la historia no se quede en un simple fogonazo, un par de imágenes sueltas, ésta continúa desarrollándose hasta llegar a un pasaje silencioso en el que tenemos la sensación de presenciar una vieja película rayada. La imagen de nuestros protagonistas, atrapados en las decepciones del otro, posee más poso sentimental que las atmósferas desplegadas anteriormente, dirigiéndose hacia un momento épico, vibrante, con un sonido eléctrico que ya añorábamos, en el que ambos se vuelven a encontrar, escapando juntos. Eso sí, el niño en el cuerpo del freak y viceversa.

Con “Messalina” el sintetizador droneado, maligno, tiene más de Chelsea Wolfe que del citado Carpenter, pues presenta una dosis de gravedad, punto muerto, de menos fantasías y más drama inmediato. Atendiendo a su título, a la tonalidad de las vocales y al nada casual hecho de que haya sido elegida como single no parece difícil que encontremos ecos de Blue Öyster Cult y Ghost. Más cuando el tema se desarrolla progresivamente, tomándose su tiempo y explorando terrenos mucho más melódicos, buscando la manera de atraparnos de forma distinta a esa hipnosis que acababa por estrangularnos en “Lights Come Alive”. Distinta estrategia que parece funcionar mejor a pesar de que Bloody Hammers suelan decantarse por lo rimbombante. Estamos de esta manera ante la mejor aproximación a la senda minimalista a la que intermitentemente recurre este Lovely Sort of Death, de hecho, y a pesar de la letra y de ese giro doom orquestal en los momentos finales, podríamos afirmar que nos encontramos frente a la melodía más “romántica” del álbum, o al menos la más delicada. Por eso, para que no nos apalanquemos, en “Infinite Gaze to the Sun” vuelve ese bajo (post)punk como si, cual Moiras, existiera un hilo tejiéndose entre los temas por debajo de nuestra percepción. El comprobar que nuestro destino no nos pertenece provoca que su voz se descomponga y que el sintetizador cabalgue a trompicones, distorsionado por sonidos propios del cine b, queriendo retornar a un pasado en el que todo era más inocente, a banda sonora de film de bajo presupuesto. A su anterior álbum por ejemplo. Destacarán entonces pasajes granulados de organillo en los que diablesas bailan con serpientes bajo efectos especiales risibles. A pesar de que disfrutemos del show éste no parece encajar con el concepto general del presente trabajo. Por eso, y aunque el fragmento final, doomeado y cañero, sea el final perfecto para la banda sonora de una película alocada de cine bizarro, el de la lucha definitiva entre moteros vampiros frente al Frankenstein del averno creado por un científico de Marte, se rompe esa deriva minimalista del comienzo del álbum. Lo bueno es que este giro es en pos de un sonido sumamente disfrutable.

“Stoke the Fire” se mueve a rebufo del tema anterior, devolviéndonos un fuzz loco mezclado con un organillo de gitano de los Cárpatos y una melodía hard rockera, cabalgando erguida en un tema diseñado para coger la regadera, echarte agua sobre la cabeza, dejar que el pelo crezca gracias a un buen abono y menear la caspa al viento brutalmente. Con esto, por un lado, se aproximan a ese imaginario fantástico tan caro a cierto doom que juega aquí con sus raíces heavies y, por otro, hacen saltar definitivamente el álbum, convirtiéndolo en una auténtica locura que se reinventa en cada nuevo corte. La jugada les sale bien pues lejos de ser un impedimento dan una tregua a ese “minimalismo gótico” que ya mostraba signos de agotamiento al tercer tema. Si bien su estribillo no es de los más pegadizos, se percibe una nueva dosis de energía capaz de que hagamos la vista gorda a sus trucos reutilizados: subir la montaña y lanzarse al vacío para caer de nuevo en los avernos. Por ello quizás lo más interesante de este sexto corte sea el papel que cumple el teclado, empleándose para ralentizar el tempo hasta caer en un pantano siniestro que, quizás como compensación respecto a los primeros temas, se alarga hasta los susurros y las brumas tan del gusto de cierto barroquismo ochentero. Esperando ansiosamente que el ecuador del disco nos traiga a unos Bloody Hammers más arriesgados, “Ether” cambia a Carpenter y los slashers por Goblin y un giallo en mitad de la carretera, perseguido y persiguiendo. Gran tema de haberse mantenido como instrumental pues, por primera vez, a Manga le cuesta adaptarse al ritmo, necesitando ser ayudado por la voz femenina de Devallia. Música ágil que nos traslada a otra época en donde podíamos encontrarnos en la noche tanto al asesino en serie de arma blanca como a la criatura fantástica y, lo que es más interesante en la medida que entronca con las variaciones de “Stoke the Fire”, se atreve a introducir sonidos más cercanos a un retrosynth que coquetea con conducirnos al interior de un salón recreativo anacrónico con el Duke Nukem II o el Cadillac and Dinosaurs.

Para que no nos acostumbremos en “Shadow Out of Time” vuelven a cambiar de tercio, esta vez con un el doom sabbathiano que mejor define a la portada del álbum y que, curiosamente, encontramos en la octava posición de un trabajo de diez temas –lo cual dice bastante acerca del caos que rige a la obra. Toca entonces un sonido pentagramero que pasa bastante desapercibido, llamándonos la atención el hecho de que aunque los estadounidenses suelan verse como una banda de doom éste es realmente el género que menos manejan. Al menos durante la primera mitad, pues en la segunda, tirando hacia la década previa y forzando así la melodía, dan el do de pecho en un garito donde la psicodelia está a punto de volverse demasiado oscura. En la última casa a la izquierda. Y con esta sensación de desasosiego llegamos a “Astral Traveler” entre una atmósfera que recuerda a los The Dillinger Escape Plan más perversos, ahora pasados por el filtro de la Hammer o de un Roger Corman versión doom. Fenómeno que nos invita a soñar con qué pasaría si todas esas películas de décadas atrás estuviesen protagonizadas por estereotipos actuales: el mazado de los tatuajes, el negro de la jerga, la siliconas… pero sin los medios de ahora, es decir, como si fueran los protagonistas de El día del tentáculo, teniendo que protagonizar una peli lowcost para librar al mundo del tentáculo morado. Más que un tema evocador nos suena de nuevo a una gamberrada, no sabiendo cómo tomarnos a este grupo, si quedarnos con un humor ácido o literal, con un romanticismo etéreo o sensual; si prestar atención a la atmósfera sintética y alucinada, a la melodía del bajo o a esa voz aterciopelada hasta un paroxismo que roza la autoparodia. Ante la falta de pistas nos lo tomamos como una gran broma, disfrutando de los sonidos y las imágenes que presenta.

En este estado de ánimo llegamos al último “Catastrophe”, donde manda un sonido rockero vacilón a pachas con una orquestación artificiosa enseguida barrida por una voz agotada. Vemos al vaquero entrado en años al que ya no le caben los jeans de juventud, que corre detrás del caballo para montarlo quedándose sin respiración antes de lograrlo. ¿Qué tiene esta patética estampa de oscuridad reveladora? La sonrisilla del cowboy, su mundanidad, pretende distanciarse del clásico vuelo black metal o de los viajes de descubrimiento stoner, prefiriendo ser fiel a la estética del film de bajo presupuesto donde los actores son los que son. Quizás ahí es donde encontremos el nexo de unión de todos los temas, reconociendo el tipo de banda ante la que nos enfrentamos, una que como todas esas películas ya clásicas merece la pena ponérsela una tarde muerta y disfrutar como lo haríamos con un film de Drácula contra el Hombre Lobo. Sin tomárselo muy a pecho, valorando las escenas molonas, los momentos míticos e incluso los pasajes de un erotismo que ahora mismo es difícil de replicar. Nada de buscar una propuesta conceptual densa o un dramatismo lleno de tecnicismos. Así, sin esperar una profundización sistemática de los aciertos de su anterior Under Satan’s Sun es como realmente podemos captar sus virtudes.

bloody hammers 2016

@eserregeio

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Formación

Devallia: órgano, piano
Anders Manga: vocales, bajo
Doza Mendoza: batería

Tracklist

1. Bloodletting on the Kiss
2. Lights Come Alive
3. The Reaper Comes
4. Messalina
5. Infinite Gaze to the Sun
6. Stoke the Fire
7. Ether
8. Shadow Out of Time
9. Astral Traveler
10. Catastrophe

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1 comentario
  1. BLOODY HAMMERS estrenan el vídeo de "Lights Come Alive" - Fotoconciertos

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