BONES OF MINERVA – Blue Mountains

Observas la portada del primer larga duración de la banda de metal alternativo Bones of Minerva y te haces una pregunta. ¿Estará hecho a idea que coincidan el acrónimo de su nombre, B. M., con el de su álbum?, ¿querrá decir subliminalmente ‘Bondage-Masoch’?, ¿y Sade dónde anda?, ¿su ausencia es significativa en su propuesta sonora? Estas preguntas son el raíl inicial que obliga a escuchar hasta el final un álbum en el que los interrogantes serán uno de los motores fundamentales. Ya decían los greco-romanos que no existía mayor placer que el contemplativo-reflexivo…

En un primer instante Blue Mountains promete azulados picos, es decir, océanos tensos, apretados entre sí, y sin embargo los primeros segundos de “Overcoming” juegan al despistes, a los dobles dobles como en Vértigo, ¿son esos acordes los de un lago o los del desierto árido, plano?, ¿volamos cual colibrí despreocupado o saltamos entre precipicios a lo Tom Cruise antes de no estar tan ‘volado’? La voz calla éstas y otras preguntas para imponer un registro mucho más setentero o, si le apuran, uno más propio del hard-rock-doom retro de lo que podríamos esperar de un grupo que cita a Deftones y quiere correr en zigzag. Pero entonces las guitarras se agravan y misteriosamente, un hechizo quizás, ambas realidades encajan, callando la boca a quienes no ven ninguna relación entre el rock y el nu metal. Desde ahí hablan estos primeros Bones of Minerva, cuyo nombre por momentos parecería ser una actualización de Mother Love Bone dentro de la noche cibernética, capaces de introducir sin cortes groove, guturales, melodía y rock nostálgico. 3D, HD, VHS y películas con grano.

¿Cómo lo han hecho? Esa pregunta es la que convierte una canción en un álbum en tanto deseamos seguir avanzando a través de ella. En el camino se encuentra “Fear is a biscuit”, el single de presentación y una auténtica invitación a habitar sus sueños y pesadillas, con esa guitarra entre el baile y la convulsión, las pompas de jabón y el trauma. La versión más metalera de Bosnian Rainbows –o ahora Crystal Fairy. En esta ocasión los de Madrid nos muestran los elementos del anterior corte pero multiplicados por mil y, por ello, los invisibilizan. Acaso porque este tema pertenece a la nueva hornada de grabaciones que no forman parte de su anterior EP Shot como era el caso del anterior corte. Aquí ya no se perciben distintas épocas uniéndose entre sí sino que el sonido funciona como un todo compacto, haciéndose la bola de Indiana Jones que nos persigue dispuesta a aplastarnos. En su arrasar deja una estela ambiental tras de sí que abarca desde los pasajes instrumentales más calmos a aquellos que te agarran del pie cuando intentas nadar hacia la superficie. También deja una certeza; salvando las distancias entre las propuestas, debería existir una gira que les juntase con Santa Marta Golden y Grajo, formando un tridente neptuniano en el que cada una de las vocalistas presentase una textura diferente de lo oscuro.

Con el siguiente “Defenders” regresamos a su citado EP con un tono marcial que pone uñas a las palabras pero que se muestra incapaz de resistirse a las propuesta de ese bajo tan seductor. Esta vez las vocales, ascendiendo con un humor propio del oriente próximo y de la Europa del este, funcionan como el humo que asciende todavía más alto que el fuego que son los instrumentos. Las guitarras errática funcionan sorprendentemente a modo de marco estabilizador para que la voz se aúpe sobre ellas y mute en formas, atajos y detalles. Pero la guinda radica en que éstas mismas se superpongan entre sí para forjar una escalera más alta que la de Jacob, eso sí, en dirección hacia el infierno, como en la película de Tim Robbins. De esta manera nuestros oídos son regalados por un tema más estático que el anterior y por eso, desde cierto ángulo, más intenso. Placer que aumenta al descubrir el leitmotiv del álbum, el cual se encontraba ya en el mismo título: Ese juego de la montaña con su tono azulado, lo tristón, es decir, de lo inmóvil frente a lo cambiante.

Semejante contraste se encuentra planteado en estos tres primeros temas de manera magnífica, con un sonido contundente y al mismo tiempo accesible. Siguiendo esta cadencia, “Eery octopus” parecería entonces prometernos movimiento. Las ondas en la superficie del agua empujadas por los susurros de las vocales así lo sugieren al menos. También los quiebros de la guitarra, empeñándose en deshacerse de los elementos folk y tornar blues, apretando por ello el ritmo para no caer en ese terreno de nadie que tanto gusta a cierto sector musical europeo. Fracasa en su empeño.

No es de extrañar que la vocalista señale como una de sus inspiraciones a Florence Welch de Florence and the Machine, pues este tema posee el aroma de su ‘indie neo soul’, todo un alago en términos musicales absolutos pero una molestia dentro del microcosmos que conforma el álbum. Incluso cuando los cinco minutos y medio que lo vertebran dan para transiciones al terreno del metal, éstas como mucho convierten a “Eery octopus” en una barroquización de su anterior “Defenders”. Y es una lástima porque el título prometía maremotos.

Habiéndose quebrado en parte el fluir del álbum, “Plastic crown” –también del EP previo– comienza con una atmósfera cabreada, mucho más sludge-doom, que si bien mantiene sus dejes metal, sitúa a la banda orbitando en el tan fecundo área del heavy psych. De nuevo, al igual que en el tercer tema aunque por medios distintos, una instrumentación que se mueve entre el doom mencionado y la cadencia deftoniana se muestra al servicio de la versatilidad de las vocales. Éstas serán las que muten y nos proporcionen distintas imágenes y melodías, como si cada registro fuese una herramienta de tortura y, a la vez, de placer. Como un látigo. Y en su punta se encuentra “Aces”, el corte más rápido, casi stoner por momentos, recorriendo el camino de vuelta. Y al pasar por la casilla de salida reestructura “Overcoming” de arriba abajo, una versión 2.0. mucho más abrasiva y directa. ¿Me habré equivocado y el motor del álbum no se encuentra en la dialéctica entre movimiento y quietud, el ser y la nada, sino en el recorrido en forma de V? Como mucho puedo responder que dentro de un sonido similar existen mundos de distancia entre “Fear is a biscuit” y estas dos últimas referencias, afirmación que a su vez nos lleva a preguntarnos si esta variedad es una virtud o las diferencias deberían darse en el interior de un conjunto más cohesionado. Ambas respuestas pueden ser válidas, el tema está en que el mismo hecho de plantearnos semejante cuestión implica que Bones of Atenea, perdón, Minerva, todavía tienen aspectos por pulir y decisiones que tomar. Mientras se deciden podemos disfrutar de uno de los grandes aciertos del trabajo, el asesinato de las vocales grandilocuentes mediante guturales y voces cazalleras que no dudan en entrar al garito de mala muerte, patear el culo al fantasma de Lemmy y de paso, ya que estaban por allí, a los Mammoth Mammoth y a media de la salvaje Australia con ellos.

Y qué mejor forma de cerrar esta primer largo que con la montaña azul por excelencia, la ballena –“Whales”. Con ella regresan los rasgos de Florence pero mucho más estilizados, orientalizados si se quiere dimensión occidentalizada desde la que puede darse cierto guiño a Björk por explorar en próximos trabajos–, los cuales nos invitan a navegar junto a estos grandes mamíferos, respirar sus inmensidades y recorrer la tridimensionalidad de sus sonidos. Aunque la intentona de convertir un monolito en una figura estilizada desplazándose de manera acrobática tenga que esperar a siguientes trabajos para lucir su mejor cara, tampoco preocupa, nosotros somos quienes debemos adaptarnos a los ritmos de la topografía y no al revés. Y eso ya lo decían también los griegos, faltaría más.

bones of minerva blue mountains

Tracklist

1. Overcoming
2. Fear is a biscuit
3. Defenders
4. Eery octopus
5. Plastic crown
6. Aces
7. Whales

bones of minerva

@eserregeio

7.8
  • Design 7.8

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