CUZO – Ensalada Ovni

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Echar la mirada atrás y contemplar los trabajos previos de Cuzo tiene bastante de rememorar las fiestas juveniles. Pasaron cosas, muchas cosas, emmm, sí, dejémoslo en cosas, se dio mucha mezcla en el cuerpo que ya pensabas que la habías devuelto con creces bajo diferentes formas que abarcaban los estados sólido, líquido y gaseoso –e incluso plasma– y que sin embargo al ser evocada regresa en forma arrepentimiento y mareo. Tanta culpabilidad y tanto malestar que en cuanto un colega mencione la posibilidad de revivir por un día esa etapa ya estarás en el portal con matasuegras, cachimba y el bañador de Borat. Si encima el colega es alguno de estos catalanes a saber dónde acabas, en lo proto-stoner y garagero de Otros Mundos (2010), en un manicomio junto al gran Damo Suzuki a lo Puedo Ver Tu Mente (2011), pasado por la batidora del Bowie más lynchiano, o incluso dando un golpe de estado con ayuda del sintetizador como en Son Imaginacions Teves (2013), quizás logrando ser así presidente del universo de Hora de aventuras, el de Sonic o el rey de un antro latinoamericano cumbiero. Eso por no mencionar los mundos citados en la contraportada de este Ensalada Ovni: Krautrock, Morricone, rock nigeriano, prog rock, rock turco psicodélico de los 70… ¿Cómo te quedas?

Pues como el comienzo de “Cuenta Atrás Muda”; una guitarra en bucle, un ritmo bailongo, un solo tirando hacia lo psicodélico lo suficientemente bien contenido como para regresar al bucle. Algo parecido a que nos encendiésemos un ‘cigarrillo de esos mágicos’ y la habitación se inundase de color, transformando todo alrededor. Espera espera, ¿cigarrillo o el platillo volante que sobrevuela la portada y que lanza colores al vórtice? Con los ojos de color arcoíris poco importa esa pregunta, zambulléndonos en un paisaje que de momento no resiente la ausencia de su ya famoso sintetizador, aquí sustituido por una guitarra repiqueteando con un efecto de sonido que en nuestros oídos es el barritar de un elefante intentando decirnos algo trascendental. Así el primer corte tiene la fuerza de la psicodelia new age setentera antes que del misticismo del desierto de Mojave; con todo, no faltan los efectos propios de una ciencia ficción cutrona donde podemos ver los hilos que mueven la nave espacial –o, más bien, a su maqueta. Este contraste genera un efecto de alucinación calmada por el pacer del bajo y la ausencia de agresividad en la guitarra, favoreciendo que aquello que en un principio parecía una música simplona nos acabe por atrapar en un espacio etéreo.

Pero no nos relajemos todavía pues “Plutonium” posee el bajo propio de una película de Shaft comandada por la batuta de un Isaac Hayes en pleno viaje astral, con un repentino pelo afro caminando chulo por Harlem. El sintetizador tampoco se impondrá aquí, prefiriendo funcionar como contrapunto del bajo, cabalgando los dos de la mano mientras nos balancean con mucho groove, consiguiendo hacernos mover las caderas, ascender a otros planos y mirar con ojos desafiantes. Todo al mismo tiempo. Para evitar una sobredosis de personalidades múltiples al rato el sintetizador cogerá las riendas, ascendiéndonos a un nuevo nivel… hasta que regrese la fuerza del bajo y caigamos al mundo de las referencias fílmicas y de las imágenes concretas, al blaxploitation más crudo –y si me apuras a algún videojuego epiléptico. Este toma y daca entre bajo y un sintetizador que se anula con la guitarra es uno de los aciertos de la banda, no introduciendo demasiados elementos en escena que acaben robándose protagonismo y prefiriendo entonces marcar bien las interacciones entre uno y otro; los delirios extraterrestres del sintetizador y las zapatillas sucias de patear el barrio del bajo. ¿Y la batería? Ella es nada menos que la jueza, decidiendo a través de su pulso darle la voz cantante a uno u a otro.

En los dos primeros tracks hemos podido ver que en este Ensalada Ovni domina una mayor sensación de bucle frente a la aceleración agresiva de anteriores referencias, que tenían la línea recta (no euclidiana) como figura principal. Aquí por el contrario lo que de momento impera es el ir a ninguna parte, poner la mente en blanco y perder peso, tiempo, espacio, pensamientos…. Hasta llegar a “Il Dio Serpente” donde la guitarra a cada acorde lanza estrellas de esas propias de los animes, desapareciendo ante la noche del bajo y el sinte, los cuales son otras estrellas mucho más comedidas, las del cielo que observamos sentados en el muelle, imaginándonos que éstas tienen algo que decirnos. Paisaje nocturno, frío, donde la distorsión nos aleja del estilo psych-funk desacomplejado para llevarnos a las puertas del post-rock, haciendo de éste uno de los temas más profundos de su discografía. Al menos en el sentido de que no sólo captamos una estampa, nos montamos una peli o nos inundan las ganas de bailar con calambres extraños, sino que evoca toda una miríada de sentimientos y esperanzas. Y todo eso a pesar de que el tema tenga que ver con serpientes y dioses, como si estuviésemos en el espagueti western de un Franco Nero en horas bajas, teniendo que trabajar con una Hammer en horas todavía más bajas, con un guion que involucra a vaqueros y a reptilíanos. Será el segundo pasaje del tema, mucho más rítmico y funk, el que nos acerque a esa imagen, dándonos piedras al sol en las que calentarse los lagartos. Ambientación que desentona con el comienzo, siendo ésta más insulsa y seca, a menos… ah, esperad un momento, esperad, a no ser que estemos ante una réplica sonora del film erótico-exótico Il dio serpente de Piero Vivarelli. Mmm interesante… desde esta perspectiva, la del vudú y los cuerpos tórridos antes que el lejano oeste y la sangre, vemos el tema con otros ojos mucho más sensuales, dando pié a reescribir este análisis desde otras coordenadas que probablemente serían censuradas si esta revista fuera una revista de bien como el todopoderoso dios espagueti ordena. En fin que nos desviamos del tema, quedémonos con que la transición final entre ambas escenas se realiza con un barrido impoluto, llevándonos de nuevo a las alturas con un pulso propio de una saga galáctica de megadrive. Y allí nos desplazamos con nuestras imaginaciones como motor.

“Todo ha Terminado” continúa donde lo dejamos. Esta vez la guitarra tiende a transmutarse en rock clasicorro de regusto alborotado enseguida callado por el sinte, siendo exclusivamente la función de la primera establecer un marco a través del cual poder soñar, pues por lo demás dominará el sintetizador, acercándonos bastante a su anterior trabajo. Esto implica que su escala cromática es similar a la de bañarse en una cascada iridiscente salida de los mayores desfases de Pendleton Ward. Tras este chapuzón no es raro que el retorno de la guitarra se haga improvisadamente, a lo jam en un garito en horas bajas. Tampoco será extraño entonces que el bareto se asemeje al bar galáctico donde acude Han Solo y toda esa variedad de gente que debería encajar en otro sitio pero por alguna razón no lo logran, mezclándose modernas, viejos, punkis destrozados, metaleros trasnochados, reggae-raperos-forever-young… Y ahí nos deja a la espera de “Ensalada Ovni”. Con ella regresan el bajo y la batería con el ceño fruncido, sospechando por la calle oscura de The French Connection, con ese sonido de toda la ciudad tras tus pasos y tú tras ella, cargado de los tonos grises y la suciedad del cine policiaco que se enfrentaba a los excesos contraculturales. Y por supuesto aquí el exceso será representador por el sintetizador, quizás algo tímido, no le vayan a detener por exhibicionista. Como no se decide la guitarra pide paso a través de guaguas que enlazan con la estirpe stoner y sus alucinaciones, mostrándonos a través de estados de ánimo e intuiciones reveladoras hilos de conexión entre el desierto de los noventa, el doom sludgeado de los tiempos de crisis y los setenta y esos sueños que se escaparon. Repitiendo esquemas anteriores, otra vez empezamos desde los bajos fondos para adquirir finalmente una claridad supraterrenal. Aunque para ello hay que adentrarse en este álbum sin prisas, sin querer nada ni imponer, cerrando simplemente los ojos y abrazando donde te lleven; de otra manera es fácil frustrarse o identificar su propuesta como una suerte de pop rock frívolo. Esquivado ese problema nos queda el último fragmento que avanza en bucle, algo así como si estuviésemos seleccionando fragmentos de temas clásicos y loopeándolos para hacer una instrumental de rap… ¿otra conexión oculta?

Cambiando de rumbo en “Noches de Sol” nos damos de bruces con una percusión desordenada, potente, tribal –como ellos dicen, inspirada en el rock nigeriano. Un África con el tipo de dibujos creados por Martín Martínez para el magnífico Dead Synchronicity. Dos imaginarios muy distintos que provocan que la guitarra se agrave, salgan chispas disparadas, se pelee con el ritmo y, finalmente, camine junto a él como si realmente estuviésemos en el “Island in the Sun” de Weezer. Eso sí, con el regusto de estar ante otra composición de Ennio Morricone deshaciéndose continuamente ante la atmósfera de calor, de bailar, de volar. Pero incluso en esta túrmix de sonidos Cuzo son capaces de transmitir los matices de cada influencia, masticándolos correctamente para adaptarlos a su personalidad, sin que nos chirríen.

Siguiendo sus indicaciones parece que con “Màquina Suau” estamos ante el corte más progresivo del álbum. Sea como sea, lo que seguro que nos encontramos son disparos de pistolitas de esas de cuando éramos críos, sí, esas que lanzaban sonidos de feria y se iluminaban cual sirenas de policía en Compton. Su cometido en esta ocasión es el de marcar pistas en un suelo negro, como todo lo que nos rodea, persiguiéndolas cual animales domésticos mientras por el rabillo del ojo intuimos todo tipo de criaturas willywonkianas. Un viaje que, como el atracón de chocolate mágico, no sabes hasta que punto te está sentado bien o mal. Necesitamos entonces un cambio de ritmo y nos lo dan, señalando otra parada intergaláctica; eso o estamos ante la banda sonora de una película de porno chic. Lo dejamos en un momento chillin’, relajándonos mientras vemos por la ventana las naves de más allá de Orión ardiendo. Nos invade la sensación de que han pasado años desde que abandonamos el hogar y comenzamos la aventura de éste álbum, no porque se haga pesado sino por la cantidad de escenarios transitados.

Pero el relax dura poco, un sonido tenso nos despierta en “Cuzolar”, alertándonos de que debemos defendernos ante uno de esos ladrones de cuerpos del espacio exterior. Aguantamos a la espera de que lance el grito sordo de Ignatius Farray pero el sintetizador viene al rescate cual deus ex y nos hace bailar con una botella de tequila en una mano y la pezuña de una cabra subida en un taburete en la otra. La música se agrava como nuestro dolor de cabeza resacoso pero qué más da, seguimos bailando, deleitándonos de la danza del vientre de la cabra. Poco a poco su ombligo hipnótico nos lleva a constelaciones más profundas que la metáfora del café y la galaxia de Godard –chúpate esa. Más profundas porque cabe en ella todo tipo de aberraciones lisérgicas, provocando que en este tema finalmente nos desconectemos completamente de la tierra para vagar a nuestro antojo, haciendo todo lo que siempre hemos querido hacer. Cosas mucho más bestias que las de Rick y Morty si así lo deseamos, más sensuales que una película de los hermanos Mitchell.

Tras la escaramuza, en “Good for Business” se da una elipse que nos lleva a una imagen de nosotros corriendo a todo correr por la galaxia, escapándonos de aquellas cosas que hemos hecho y no deberíamos haberlas hecho. Aun con sus paradas el sprint se alarga, más nos vale, implorando por regresar de nuevo a la tierra y así completar el cuidado arco sonoro que propone el álbum. Desde la psicodelia introduciéndose progresivamente en los primeros temas, conectando eras, hasta ser invadidos por el sentido del universo, lanzándonos al desfase mental. Buen tema para cerrar, el cual puede recordarnos a cuando terminamos las vacaciones y miramos por la ventanilla del coche a ese terreno que no es ni el lugar donde hemos disfrutado ni todavía nuestra casa, tampoco implica un regreso pues desaparece al instante. Un punto de nadie que únicamente somos capaces de captarlo en ese momento fugaz y para siempre misterioso.

Basta con comparar el último track con el primero para observar una patente y sorprendente diferencia sonora, otorgando a este Ensalada Ovni una mayor paleta de imaginarios musicales de lo que podríamos esperar en un primer momento. Por el camino se ha perdido cierta dureza y suciedad así como parte del virtuosismo ácido del sintetizador, tendiendo hacia una atmósfera conjunta más ‘lounge’, calmando así a la bestia a pesar de sus necesarios desvaríos. Cosa que tampoco es mala pues de esta manera Cuzo nos brindan otro disco diferente sin perder en ningún momento su estilo personal.

cuzo

@eserregeio

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cuzo ensalada ovni

Formación

Fermín Manchado: bajo
Jaime L. Pantaleón: guitarra, sintetizador
Pep Carabante: batería

Tracklist

1. Cuenta Atrás Muda
2. Plutonium
3. Il Dio Serpente
4. Todo ha Terminado
5. Ensalada Ovni
6. Noches de Sol
7. Màquina Suau
8. Cuzolar
9. Good for Business

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1 comentario
  1. […] sello Underground Legends Records. En ella podremos ver las actuaciones de Cuzo presentando Ensalada Ovni, Phonocaptors con Errata Naturae y Cro! Estos son los […]

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