Editorial: ¿Vivimos la nueva burbuja de los festivales en España?

2017 nos va a dejar ya, para dar paso a 2018, nada nuevo y que no pase cada (habitualmente) 365 días. Pero en el panorama del rock y heavy en España, ha sido un año que ha dado, además de muchos sustos, muchas alegrías y preocupación.

Sustos, por la cantidad de músicos de estos géneros, o relacionados, que nos han dejado: desde Geoff Nichols (teclista de Black Sabbath) hasta Warrel Dane (Nevermore, Sanctuary), pasando por Chuck Mosley, Tom Petty, Chuck Berry, Pulpo (Porco Bravo), o Chris Cornell.

Alegrías, porque a lo largo de este ya maltrecho 2017 hemos sabido que en el nuevo año podremos ver a Metallica, Kiss, Scorpions, Guns n’Roses, Ozzy Osbourne, Judas Priest, Dee Snider -en solitario, no con Twisted Sister-, Iron Maiden, Nine Inch Nails, Alice In Chains, Depeche Mode, Marilyn Manson, y alguna sorpresa más que a buen seguro aún queda en el tintero.

Festivales que se consolidan, como la tercera edición del Mad Cool o de segunda de la versión española del Download, otros que siguen dando guerra como el Rock Fest Barcelona, el Resurrection Fest, el Leyendas del Rock… la oferta -y la calidad, al menos, del cartel- es algo que es indiscutible.

Pero también, como decíamos, nos deja preocupación. ¿Son viables tantos festivales en un país como España, para un nicho de mercado como es el del rock/metal?. Las promotoras, grandes y pequeñas, parecen enzarzadas en una lucha sin cuartel de la que, mucho nos tememos, pocas puedan salir con vida. O al menos, es la impresión que dan, visto con un poco de conocimiento del funcionamiento de este mundillo -conocimiento escaso, reconozcámoslo, que ninguno en Fotoconciertos.com somos analistas-.

España es un país de turismo, de eso se han encargado nuestros dirigentes políticos. Pero es un país de turismo de baja calidad: tenemos sol, tenemos playa, tenemos comida y bebida barata (para los estándares europeos, al menos), y tenemos una infraestructura hotelera extremadamente potente. Pero como público, como target principal, somos nefasto, por el escaso poder adquisitivo que, en su mayoría, tenemos.

Así que, volvamos a la pregunta principal: ¿son viables tantos festivales en un país aún con los cacareados “brotes verdes” asomando apenas la puntita sobre el compost que se afanaron en poner? Desde luego, para nosotros, no, echemos cuentas: dos festivales y dos conciertos en los tres meses de verano. De media, un festival cuesta en torno a los 150€. Los conciertos señalados, por su envergadura, una media de 80€, y ya se nos han ido 460€ solamente en el acceso al recinto. Si un rockero/metalero bebe de media una cerveza por concierto (a 10€), en un solo día de festival se te pueden ir, sin exagerar, otros 100€ entre comida y bebida, y en un concierto raro será que no te gastes otros 20/30€, entre lo que te tomas antes, y lo que te tomas después -y todo esto, siendo comedidos-.

A todo esto, habría que sumarle el transporte y el alojamiento -si no tienes la suerte de vivir justo en el lugar en el que se celebra el festival o el concierto-, a una media de 30€ por persona (en habitación doble), y eso cuando los hosteleros locales, sabiendo la amplia demanda y la escasa oferta, no disparan los precios hasta intentar hacerte creer que la habitación de escasos 8 metros cuadrados es igual de amplia y lujosa que el Palacio de Invierno ruso, y que por eso te va a costar prácticamente lo mismo alquilar uno que otro. Pero en el Palacio de invierno no tocan tus artistas favoritos, ¿o si?.

Así las cosas, dos conciertos y dos festivales, 8 días con un atractivo musical indiscutible, se convierten, casi por arte de magia, en más de seiscientos euros gastados por persona. El SMI gastado en una semana generosa. Y sin merchandising, por supuesto, si quieres una camiseta, súmale 25€ extra.

En general, estamos de acuerdo en que la música es un negocio (ahí están los Golden Tickets, áreas VIP, Meet&Greet, e incluso el paquete de “ve a desayunar con tu artista”). Un negocio en el que las bandas y empleados de una promotora cobran, y en el que además, hay que generar beneficios. Nada nuevo, cierto. Pero… quizás tantos festivales “grandes” hacen subir las ofertas económicas, en lugar de bajarlas.

Suponemos -sin saberlo a ciencia cierta-, que cada agente de booking internacional (los que cortan el bacalao de las bandas, vamos) ofrecerá a las promotoras y festivales una serie de bandas para que actúen, y estos seleccionarán las que mejor se adecuen a su propuesta musical. Pero ¿y si varios festivales coinciden en el tiempo? Las bandas son negocios, así que… entramos en las pujas. Si el Pisuerga’s Rock Fest ofrece 100, el Valdetoros Metal Fest puede ofrecer 150, y así, ad aeternum. Y si son fechas especiales, o únicas en un país, apaga y vámonos. Y todo eso, lógicamente, repercute en el consumidor final, en lo único que los promotores tienen seguro que van a vender: el acceso (aunque los precios de la bebida darían para una saga). Así que ese coste “extra” de subasta se añade en parte al precio del ticket, y todos tan contentos.

Quizás en este 2018 que en breve comenzamos veamos el auge de algún festival, pero también el comienzo de su caída. No sería tampoco muy de extrañar, aunque más preocupante sería todo lo que conlleva: la desaparición de alguna promotora, con la pérdida de conciertos a lo largo de todo el año que eso conllevaría. Pero esto es una guerra en la que los consumidores son los soldados.

La guerra es una masacre entre gentes que no se conocen, para provecho de gentes que sí se conocen, pero no se masacran.
Paul Valéry

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