HARK – Machinations

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El siglo XX será recordado porque puede no serlo en absoluto, es decir, por la constatación de la radical finitud humana. Y no nos estamos refiriendo a nuestras limitadas habilidades o a nuestra pequeñez en relación a seres mitológicos o divinos, sino a la capacidad para autodestruirnos como especie. Es por esto que la tarea casi obsesiva por recolectar y conservar obras que puedan explicar algo de nuestra civilización a otros seres no sea tanto una excentricidad como una exigencia. En este sentido, el primer álbum de Hark allá por el 2014, Crystalline, apuntaba maneras para ser conservado en este peculiar museo debido a su ágil empeño por combinar el sludge con una paleta progresiva y toques stoner. Los galeses se mostraban desde el inicio como artesanos que manejan el oficio y son capaces de colarnos la copia por el original. Sin embargo, les faltaba algo para ser los embajadores de un sonido que, ahí es nada, ya lleva un cuarto de siglo machacando nuestras venas.

En este segundo asalto, Machinations se inicia con “Fortune Favours The Insane” y ese riff a medio camino entre lo stoner y lo progresivo que de repente observa algo de reojo que no le gusta un pelo, se detiene, da marcha atrás y se encara con él por medio de armas sludge. Si bien esta presentación mantiene los mismos rasgos que el anterior Crystalline, acaso esta vez presume de un mayor acento sureño y, por lo tanto, más ganas de buscar camorra –no es de extrañar que sus parones groove sean los de los dientes volando. Así, semejante propuesta permite que el álbum no sólo se abra con un tema sin fisuras, con gancho, inmaculado, del tipo que ya sabemos que Hark borda, sino que también nos brinda la oportunidad de seguir trazando nuestra particular genealogía de sonidos. O como si cuando el stoner californiano se desacelerara nos encontrásemos con el groove texano y, de ahí, al introducir virguerías, acabáramos por llegar a Georgia.

Asimismo, la distorsión nada habitual, fantasmal, de la guitarra inicial de “Disintegrate” promete nuevos parajes que sin embargo chocan con un fragmento de sabor clásico, capaz de fundir en la misma capa a Zakk Wylde, los Metallica de Load y el Dimebag Darrell de Damageplan, con el carácter más salvaje de sus cambios de ritmo, poseedores de cierta vocación cafre que los emparenta de manera bastarda con Maylene and the Sons of Disaster o los últimos Every Time I Die, primos lejanos de Cancer Bats. Es por ello que el sonido de estos británicos puede englobar desde el tabaco mascado y el esputo de unos pulmones negros hasta el llenarse de aceite al arreglar la motocicleta o beber una cerveza con chili en el strip club más sucio de la frontera interestatal. Más allá de lo agradable de todas estas imágenes, uno de los puntos a favor de este álbum, el eje que señala la evolución de la banda, tiene que ver con la ductilidad de su sonido. Si bien su ópera prima nos ofrecía ese sonido compacto que ya hemos mencionado, éste era el que era, una piedra, bien podíamos lanzarla contra un cristal o guardarla en el puño para golpear a alguien pero seguía tratándose de una piedra. Por el contrario, en el trabajo que nos ocupa aunque las primeras escuchas puedan recordarnos a sus anteriores composiciones, dependiendo cómo pongamos el oído, qué matices queramos rescatar, tendremos un imaginario u otro. En este caso no ha sido hasta la tercera escucha que de entre todas las interpretaciones posibles ha acabado por imponerse esta atmósfera sureña –cuando con anterioridad el énfasis lo encontraba en otras coordenadas menos áridas, más cercanas al diseño de la portada, con sus rasgos esquizofrénicos, mascaradas y puñaladas traperas en forma de verbo.

“Nine Fates” se inicia bajo la bóveda celeste compartida por todos los vástagos de “Planet Caravan”, aunque los retrocesos en el ritmo complejizan un sonido que, esta vez sí, se dirige hacia los dominios de Mastodon. O como si a Red Fang se le arrancase su cabeza melódica y se le llevase a clase de matemáticas. Será por eso que aquí se permiten introducir el solo de guitarra más matador del álbum, literalmente en tanto sentimos en él el frio corte de la espada, la cálida y roja sangre derramada como semáforos nocturnos. Sonido entonces mucho más cercano a aquello que la banda parece pretender expresar conceptualmente –al menos de acuerdo con su título y la ya citada portada– sin que por ello se difumine la sensación de presenciar un puñetazo directo a nuestros oídos –esta vez precedido por un par de tortas con estilo.

Como podemos comprobar, cada álbum es un mundo y nuestra forma de aproximarnos a estos varía según sus necesidades. Por eso, mientras que otras bandas de progstonersludge –o ‘protosluch’–, producen ciertos efectos muy definidos en los oyentes –los vivaces colores de Baroness, la atmósfera llena de imágenes borrosas de Kylesa, sentimientos encontrados–, Hark se muestra reticente a la hora de suministrarnos un hilo de imágenes conexas a modo de historia, prefiriendo el diálogo –la maquinación–, el cual se consigue mediante el desvío de ir juntando aquellas imágenes sueltas que son auténticos golpes directos, enfrentarlas, y de allí, antes que un relato, extraer ciertas proposiciones.

Qué mejor ejemplo de esto que “Speak In Tongues”, el cual nos vuelve a lanzar un riff inicial propio del sur que exhibe una tripa llena de cerveza y tetas envueltas en sudor. El mismo ritmo se rebela ante sí mismo, queriendo poseer una mayor sofisticación, usando lenguaje antiguo y palabras rimbombantes, algo así como ponerse monóculo mientras el rabo te asoma por la bragueta abierta de un pantalón remendado y con manchas de fritos. Y este contraste es el que hace grande a Hark incluso en temas más dubitativos como el que nos ocupa. Además, cuando ya creíamos que el álbum se iba a basar en este dar vueltas entre el sudor acre y los recovecos de ajedrez, a mitad del corte la boca se nos abre en forma de sorpresa ante una progresión armónica con una melodía soterrada capaz de darnos una auténtica ración de ‘pop’ sin que el más duro rechistepop en el sentido de pintar el metal con colores extravagantes pero dulces, alquimia que sólo unos pocos controlan, como John Dyer Baizley, Torche o salvando las distancias, Helmet.

Con regusto a azucarillo bañado en bourbon, escupido y guardado dentro de varias muñecas rusas, “Transmutation” nos enfrenta a ese olor a quemado que veníamos intuyendo pero que hasta ahora ignorábamos al no ver el fuego. Así, conforme el tema avanza y el sonido se enclava en ese punto en el que al groove todavía se le notaban sus hilachos thrash, captamos la firma de los Pantera de Cowboys From Hell; aroma mareado en una coctelera y combinado con hielos prog para que nos dure más. Habiéndonos topado con el núcleo del álbum “Son Of Pythagoras” nos da esperanzas de que de repente suene la musiquilla electrónica de la inmersión submarina de Life Aquatic. Vanas ilusiones, las ingles moviéndose de Bill Murray se transforman en la cara de pocos amigos de Kirk Windstein en el tema más cercano a la línea seguida por Crystalline. Todo contraste entre unas partes irreprochables por sí mismas queda tragado por un sonido demoledor, rabioso, fantástico, sí, pero nada más que eso. Y el siguiente “Premonitions” tampoco parece cambiar de dirección, haciendo por momentos que el álbum desee convertirse en un EP ante el exceso de contundencia y la incapacidad para respirar. Definitivamente, las promesas de la portada donde la forma de roca se combina con las dobleces de la mente y cierta tecnología orgánico-robótica que, más para mal que para bien, supera a toda velocidad los límites de nuestra especie, aquí se quedan en un runrún sordo de genial ejecución pero sin los laberintos prometidos. Y encima perdiendo la maravillosa y simple rabia inicial.

“Comnixant 3.0” o las guitarras de Pink Floyd tañendo el infinito, donde al nadar por la sopa cósmica las piedras de los bolsillos nos hacen ser tragados por la espiral del inodoro hasta los casi nueve minutos del último “The Purge”. Éste recoge la primera mitad del álbum y la superpone a la segunda a fin de ofrecernos una síntesis de aquello a lo que parecía apuntar este trabajo y que se ha quedado por el camino. Algo que leído no sonará tan potente como en nuestros cascos o altavoces: Ser la primera banda en superar la fina línea de la repetición de sus grupos favoritos de protosluch para ir al otro lado del espejo y convertir el museo en parque de atracciones. ¿Qué quiere decir esto? Que Hark desean ser los pioneros de este género, que cuando nos refiramos a ellos no digamos que repiten los sonidos mil veces escuchados, en su lugar quieren ser catalogados como ‘retro’. Como diciendo que el protosluch ya forma parte del pasado y ahora toca rescatarlo de otra manera.

Nos queda su intento, riffs memorables y el sonido alucinógeno final.

hark machinations

Formación

Jimbob Isaac: guitarras, vocales
Joe Harvatt: guitarras
Tom Short: bajo
Simon Bonwick: batería

Tracklist

1. Fortune Favours The Insane
2. Disintegrate
3. Nine Fates
4. Speak In Tongues
5. Transmutation
6. Son Of Pythagoras
7. Premonitions
8. Comnixant 3.0
9. The Purge

hark

@eserregeio

8.1
  • Puntuación 8.1

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