Lo que nos une es la música

Amantes de la música, hoy quería escribir sobre una experiencia que por cosas del azar me ocurrió hace relativamente poco. Una situación que, sin ser una gran historia, me saco una sonrisa de mi rostro hasta el punto de sentir humedad en los ojos y de las que me hacen sentir orgulloso de permanecer en esta comunidad de melómanos.

Me arrepiento de haber sido un mal estudiante en las clases de literatura. Ahora podría expresar, de la forma más concisa y precisa posible, cómo me sentí. Pero de todas formas, tengo que intentarlo, creo que hace falta explicar lo bonito que es intentar ser buena persona y lo asombroso que es permanecer a este grupo de personas que nos apasiona la música, nuestra música, cada uno con su gusto personal e inigualable, sin mejores ni peores. En un mundo, donde predomina lo vulgar y donde el odio irracional hacia el prójimo está en la orden del día es necesario mostrar, sin ninguna intención de vanidad y/o soberbia, un poco de humanidad y amor.

Todo ocurrió el 1 de julio de este mismo año. Ese día asistí por primera vez en mi vida a uno de los grupos que escuchaba más de pequeño, los míticos Guns N’ Roses. Fue un concierto que creo que siempre recordaré. Primero porque tenía cero expectativas: iba solo, caía en día laboral, estaba muy cansado, había leído las malas críticas de la voz del cantante, … Al final dieron un bolazo pero lo que me motivó a escribir este texto no fueron los californianos.

Al salir del Palau Sant Jordi (estadio de Barcelona) bajé por las escaleras de Montjuic (montaña de Barcelona) hasta llegar a la parada del autobús. No suelo coger el bus, pero esa noche estaba realmente agotado. Después de una larga espera, la gente se acumuló en la parada y con un “por fin” a coro, llegó el autobús. Rápidamente entré para coger asiento y lo conseguí. A los pocos minutos levanté la cabeza y vi un hombre de mediana edad con una muleta. No dudé, me levante y amablemente le cedí mi sitio. Él se negó, insistí y de repente escuché una tercera voz entre la multitud poniendo remedio a la discusión con un directo: “Siéntate papá”.

De entre la muchedumbre salió una niña que rondaría los 13 años con una bandera de los Guns N’ Roses atada al cuello y una bandana en la cabeza al más puro estilo Rock n Roll de los 80’s, una monda. El padre empezó a hablarme y compartimos opiniones de lo bien que nos lo habíamos pasado. Ellos me explicaron que pese a la escasa movilidad del padre habían venido desde Valencia para ver a uno de los grupos favoritos de la joven rockera, como premio por haber sacado buenas notas, eso sí.

De los pocos aspectos negativos que comentó el padre fue el precio de las entradas, alegando que cuando él era más joven todo era más asequible. Yo no mentí, les dije que cubría el concierto para Fotoconciertos y que no sabia cual era el precio. En ese momento vi como a la chica se le abrieron los ojos y con una cara de asombro y una inocencia adorable empezó a acribillarme a preguntas. Ella me explicó las buenas notas que sacaba en las asignaturas de música y castellano haciendo especial hincapié al sobresaliente que sacó en una crítica que escribió sobre lo que sentía cuando escuchaba a Imagine Dragons.

Yo mientras moría de amor, le transmití los pocos conocimientos que tengo sobre la prensa escrita. Pero ya estábamos llegando a la parada donde se bajaban los valencianos. Les pregunté dónde se alojaban por si necesitaban indicaciones. Dio la casualidad que se hospedaban a unos 10 minutos de mi casa así que decidí acompañarlos. El hombre se negó al ver mi cara de cansancio. En esta ocasión la hija no fue tan directa y espero a que su padre consultara su móvil para susurrarme por lo bajini: “mi padre en realidad tiene miedo porque es tarde y nos han dicho que el barrio es peligroso”. En ese momento insistí y esta vez no se negó.

Mientras andábamos por la oscuridad de los callejones de Barcelona, la joven me comentó que todas sus amigas escuchan reggaeton y pop. Ella en ningún momento desprestigió a ninguna de sus compañeras o ninguno de sus estilos, simplemente me comentó que se sentía diferente, que a ella, aunque lo intentaba escuchar, no le gustaba. No soy padre, ni quiero dar lecciones a nadie, pero me sentí identificado y le hice hacerle entender mi punto de vista. “El mundo está lleno de personas”, un tópico. A mí viajar me funcionó. Ver culturas diferentes te hace abrirte mucho más, eso está claro. Pero no solo me refiero a ésto, me refiero también a salir de tu círculo de amistades y hacer lo que a ti te apetezca. Por ejemplo, si te gusta la música, una solución sería ir solo a los conciertos. Es difícil al principio, conlleva enfrentarse a muchas cosas como la soledad, el miedo, el rechazo… Pero día tras día, te vas fijando en que hay gente como tu, que frecuentan los conciertos. Personas que tarde o temprano acabas conociendo, con gustos afines y que pueden llegar a ser tus mejores amigos.

Llegó el momento de la despedida. No pude evitar sonreír durante todo el trayecto hasta mi casa. Muchas veces me cuesta entender qué es exactamente lo que siento, no sé si lo que sentí fue amor hacia ellos como personas, felicidad al ver que dentro de los melómanos aún hay ápice de bondad y humanidad o simplemente que me sentí identificado. Lo que realmente espero es leer alguna día una reseña de Guns N’ Roses o Imagine Dragons con una pureza como la que vi aquel día.

Gerard Brull

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