MAMMOTH WEED WIZARD BASTARD – Y Prowwyd Dwyll

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Si nos dijesen ‘doom con vocalista femenina’ inmediatamente nos vendrían a la mente una enorme cantidad de referencias sobresalientes, más de las que en un primer momento hubiéramos jurado conocer. De los referentes místicos Alunah y Windhand a los setenteros Blood Ceremony, el rango vocal de Mona Miluski en los sonidos más stoner de High Fighter, la experimentalidad de Santa Marta Golden o el carácter rock de Rosy Finch, el cual enlaza con las aproximaciones más clásicas de Acid King o Kult of the Wizard por no hablar de las distintas hibridaciones de Kylesa o Obscure Sphinx… Pero el objetivo de semejante name-dropping no es otro sino preguntarnos si el mundo necesita más bandas de este tipo. La respuesta es un sí rotundo, obviamente. El problema radica en encontrar dónde encaja esta banda galesa, pues siendo éste su segundo largo necesita mostrar ya claros signos identitarios. Empecemos entonces con otra pregunta.

¿Ser? Este no es su primer álbum pero podría serlo en tanto “Valmasque” funciona como la perfecta carta de presentación a su sonido y síntesis de su nombre. Unas guitarras pesadas, el mamut que con sus derivas doom parece que va haciendo eses, todo ciego de weed, destroza todo a su paso hasta que la voz femenina, volando cual campanilla creando el caos, hace magia. Magia maligna por supuesto, es una cabrona, una bastarda. Con estos pocos segundos ya tenemos una perspectiva del horizonte que manejan, eso sí, en el tema que nos ocupa la atmósfera de brujería es sustituida por la lentitud del barro, existiendo dos ejes sonoros distintos que desembocan en un estribillo tímido. Y ojo a éste, con un poso al indie noventero –en el buen sentido DIY– las guitarras sabbathianas, sucias, se combinan con una melodía que ha aprendido a quererse tras los palos ochenteros. Pero si bien existe en el fragmento principal una dualidad casi irreconciliable entre las guitarras y la voz, en el estribillo lo que se partirá en dos será el susodicho don de la vocalista; frente al tono principal que podría encajar perfectamente en un tema de j-pop, en el estribillo éste tornará en un artefacto mucho más melódico y perverso, de las luces de neón y las medias de rejilla en la boca del lobo.

¿O no ser? En ese ambiente turbio entrarán los sintetizadores rompiendo un ambiente de ensueño que poco tenía que ver con viajes cómicos y sí con las pesadillas. El solo de guitarra que abre una nueva sección no resultará un puro tecnicismo, más bien la típica flauta del hipnotizador de cobras llevándonos por donde quiere. Gracias a eso los casi diez minutos del tema no resultan abrumadores a pesar de que el patrón se repita continuamente. En eso consiste el trance.

Esa es la cuestyprowwyddwyll. Sin embargo, el punto fuerte de este tema introductorio no recae tanto en los sonidos espaciales deudores de Ufomammut y sus viajes a extrañas civilizaciones como en una sensación pesadillesca cercana a la pérdida de cordura. Y esta misma patología de la psique se plasma la estructura del tema, consistiendo en dos partes muy diferencias, donde la primera tiene su punto fuerte en la onírica voz de Jessica Ball, en concreto en su estribillo, capaz de calmarnos los nervios para soportar la segunda, donde nada nuevo luce bajo el sol pero la ejecución es digna. Veremos si consiguen reunir ambas partes o si al menos la segunda no estorba a la otra.

“Y Proffwyd Dwyll” o de nuevo un doom sabbathiano, esta vez pasado por el filtro ochentero de la casa del terror, modificando el imaginario sonoro que nos había creado el anterior corte. El canturreo de lugar maldito proporcionado por la voz aérea nos invita a entrar al paraje de la bruja. Con los pelos como escarpias aparece una guitarra machacona propia de la cámara subjetiva a ras de suelo, del ser que nos acecha. Nosotros, perdidos alrededor de ninfas jugueteando desnudas –o efebos si se prefiere. Nuestros sentidos embotados, embobados, nos obligan a seguir a las vocales a donde ellas quieran. Mismo patrón que la canción anterior distinto efecto pues esta vez el estribillo será más tosco, rockero, perdiendo parte del mesmerismo. En cualquier caso, esa es la sorpresa del álbum para los que desconociéramos a la banda, no estamos ante el disco en coña que podíamos esperar a juzgar por su nombre, todo lo contrario, experimentamos un esfuerzo por ir descubriéndonos las distintas formas de hipnotismo del doom: Ya sea el velo onírico, el posterior pasaje instrumental de horror cósmico o el cuento de hadas tenebroso, sensual, que nos ocupa. Tres terrenos distintos y algo en común, la pérdida de nuestro raciocinio y control mental.

Los paralelismos continúan y a mitad del tema éste se detiene, entrando un sonido de cuerdas que transforma a la pista en un dos en uno. Abrimos los ojos, estamos atados ante un altar, delante nuestro figuras oscuras, la belleza se ha podrido, las manzanas apestan y las moscas vuelan. Sin embargo estos seres no parece que quieran matarnos, de momento al menos, mostrándose atentos a otra cosa. De ahí un sonido tenso, de espera, de pérdida de nervios, de cruce de caminos entre el imaginario del terror ocultista y el cósmico, como si la invocación al diablo se dirigiese en realidad a algún ser olvidado pero todavía vivo que nos va absorbiendo lentamente. Pero existe una diferencia entre los dos primeros cortes, una evolución si se quiere, pues el segundo posee una mejor conexión entre sus dos partes, dándonos una sensación de progresión. Curioso que esta mejora nos haga estar más en guardia, perdiendo parte de su fuerza subconsciente, ¿avanzamos entonces hacia algún punto o se trata de una continua calibración con el fin de encontrar la mejor forma de entrar en nuestra mente?

Ni sí ni no, “Gallego”. Nos despertamos flotando sobre una sopa cósmica que encaja tanto con la terminación de “Valmasque” como de “Y Proffwyd Dwyll”. Interesante, la pista era falsa. No se trataba de una evolución sino que ambos eran temas aparte en donde distintas personas eran llevadas al lugar en el que ahora nos encontramos. Allí donde se nutre al gran dios. Miles y miles de personas captadas con el fin de extraerles sus jugos lentamente y así alimentar a ese ser todavía medio dormido. De nuevo los galeses dominan el oficio y hacen bien sus tareas, los riffs machacones enganchan y consiguen la sensación de estar viajando entre los misterios ocultos de Iker Jiménez. La otra cara de la moneda es que no hay excesiva complejidad en sus partituras ni florituras en sus instrumentos –los barceloneses Cuzo deberían darles unas cuantas clases de cómo saber exprimir colores del sintetizador. En definitiva, casi cinco minutos y medio donde la trama principal que hace que el álbum sea tal no cansa, transmitiéndonos el estado de tensa espera en órbita, a pesar de la falta de matices de las imágenes –o los colores en este caso en concreto– de los cuerpos nutriendo a ese gran sol.

Tras dos temas largos y uno de duración media regresa uno de ocho minutos, “Testudo”, decisión en contra de la intuición que nos decía que el siguiente track iba a ser todavía más reducido, envueltos en sudor tras la pesadilla. No hay tregua. El sonido podría ser el de un columpio moviéndose solo, rechinando, pero el sintetizar espacial –una vez más la parte más floja y plana del grupo– nos lanza destellos verdosos dentro de un paraje propio de The Ring. Frente a éste, la línea sonora calmada, casi acústica, se muere por explorar las praderas del post-rock pero es asesinada por un halo levemente orquesta que le envuelve en el terror gótico, como si estuviésemos ante un viejo edificio norteño, La casa en el confín de la tierra. Allí donde encontrar las respuestas al ser del anterior tema, donde si no matar a la bestia al menos cerrar la comunicación de su plano con el nuestro. Su delicadeza algo repetitiva coquetea con el sopor hasta que llegan unos caballeros oscuros cuales Nazgûls, iniciando una persecución quieta. Tú das un paso ellos otro. Dentro de la mansión de Phantasm tiene lugar un juego con la muerte, dependiendo de la zancada ellos recortan distancias o tú las aumentas. Mientras intentamos desentrañar la lógica ganadora elevamos la vista hacia una voz de princesa sádica que mira desde lo alto, en una ventana de esta habitación de techo infinito. ¿Nos está poniendo a prueba o ha sido secuestrada?

Dejamos abierta la pregunta cual cliffhanger para detenernos a observar la estructura del corte. A diferencia de los anteriores aquí tiene efecto una inversión, comenzando con la parte instrumental para después dejar paso a la voz. Detalle que le hace un favor a nuestra inmersión en el álbum, sobre todo teniendo en cuenta que a cada tema que pasa estos pierden fuerzan, con la voz de Jessica Ball limitándose a vagar por los cielos y las guitarras a repetirse en el suelo, recordándonos a lo peor del inicio. ¿Estamos ante un cierre del círculo? Entonces nos preguntamos si no estaremos dentro del sueño de otra persona que nos repite una y otra una y otra vez.

“Osirian” nos responderán. El halo estelar que nos rodea es agitado y manchado por el doom de cuando la contracultura se encontró con las drogas duras y Oriente, en concreto en la corte de un rajá con un oscuro secreto. Como si de Indiana Jones and the Temple of Doom se tratase –y nunca un título de una película ha venido tan al pelo– nos encontramos en los inicios de quien abrió el portal. Sí. Finalmente ganamos el anterior juego y al salir victoriosos la mujer nos cegó, trasladándonos hasta aquí para comprender cómo los sueños de poder pusieron en peligro a nuestra especie. Siempre el poder desmedido, la inmortalidad, cegando al ser humano y dando inicio a las atrocidades. Por eso el sonido es el más mastodóntico hasta el momento, como si los dioses con rasgos elefanticos cobraran vida y otorgasen poderes al gran rey. Pero no, no, aquí no luchamos contra nadie, cómo luchar alguien tan mínimo como nosotros; nos limitamos a observar todas esas construcciones y soldados gigantescos, colisionando contra la policía espacial que no es otra sino los dioses egipcios. La lentitud, la pesadez, se recalcan, se hacen más potentes, como si el pasar mucho tiempo allí implicase una trampa, quedando apresados en aquella época. El sonido que acompaña a las guitarras, terrorífico, es el de la ofrenda a la diosa Kali y la voz, la de aquella mujer que nos ha llevado hasta esta relevación, finalmente se quita la máscara, no siendo otro que el rajá.

Si bien en líneas generales “Osirian” es el tema más seco y lineal, observamos en la banda detalles que nos permiten soñar. No solamente el engarce entre los sonidos que permiten que el álbum se transforme en una historia, también aquellos toques orientalizados o el sonido metálico que acompaña a los minutos dejando un regusto industrializado, como de estar ante una tecnología que no corresponde con la época, añadiendo así un ápice más a la locura general. Sin duda, música para escuchar febril. Tumbado en plena luz del día entre mares de sudores es como encontramos el verdadero sentido a una música que en su repetición nos hace enfermar –en el buen sentido del término.

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La historia no acaba aquí, queda “Cithuula” y la gravedad de las mazmorras, como si tras el viaje hubiéramos muerto y por desgracia siguiésemos vivos. Un sonido mascullante, cortante, se une por fin con una voz más descreída, terrenal, algo que nos viene que ni pintado teniendo en cuenta que nos encontramos a dos metros bajo tierra. Allí vemos a nuestro cadáver. Deseamos ser el gusano que se alimenta de éste en lugar de estar esperando, esperando, esperando, la intensidad in crescendo, esperando, esperando… a que llegue la siguiente referencia de los de Gales. Mientras tanto nos dejan el último guiño, unas vocales con cierto dark numetaleado que alivian y asfixian, preguntándonos por qué Mammoth Weed Wizard Bastard no se la han jugado más explotando los crossovers entre géneros teniendo en cuenta que a estas alturas del baile ya es imposible igualar a los grandes jugando con sus mismas reglas, sendas demasiado transitadas.

A pesar de encontrarse a años luz de lo que transmiten las bandas punteras del doom y derivados, en cada tema siempre encuentras momentos en los que decir, ‘esto es, por aquí deben hurgar, esto les haría sobresalir’. Y ya que no apuestan por el humor y la réplica irónica de sonidos, deben sacar lustre a sus destellos; la voz privilegiada de Jessica Ball, sus buenas atmósferas, esos riffs precisos que hipnotizan un género agradecido en tanto no demanda excesivas variaciones… Sin eso nos queda la comodidad, con el regusto agrio de temas demasiado largos por razones ajenas a la misma canción, sin aportar nada ni trabajar la melodía de las vocales ni el papel del sintetizador, casi de atrezo. Mammoth Weed Wizard Bastard necesita un salto hacia el abismo.

Mammoth Weed Wizard Bastard

@eserregeio

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Mammoth Weed Wizard Bastard Y Prowwyd Dwyll

Formación

Hoss Mandrill: batería
Paulo Nuttertini: guitarras
Mark Huckridge: sintetizadores, FX, guitarras
Jessica Ball: vocales, bajo

Tracklist

1. Valmasque
2. Y Proffwyd Dwyll
3. Gallego
4. Testudo
5. Osirian
6. Cithuula

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