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OBSIDIAN KINGDOM – A Year With No Summer

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He de confesar que en su momento no supe apreciar la ópera prima de Obsidian Kingdom, Mantiis, pues salió en una época en la que necesitaba otro tipo de sonidos. Revisitándolo hoy en día, tras haber experimentado esta estructura que soporta a cualquier género y que llamamos progresivo/experimental un incremento espectacular en la calidad de sus obras, me resulta difícil señalarlo como uno de los mejores trabajos, perdiéndose quizás el significado que tuvo años atrás. Pero las cuestiones personales o coyunturales no impiden poder valorar la vasta gama de sonidos desplegados, los cuales se esparcían de manera desperdigada con la finalidad de que el oyente entrase en un juego de descubrimiento al más puro estilo de los sampleos de rap. Podíamos captar las formas de Type O Negative, Celtic Frost o los toques de death ‘n’ roll, por supuesto, pero allí también encontrabas las atmósferas de Year of no Light o Zoviet France e incluso yendo más allá, muchísimo más allá, había espacio para soñar con las guitarras lastimeras de Red House Painters, el sendero pop rock de The Cranberries o al “Stan” de Eminem en “The Nurse”.

Consciente entonces de todo el horizonte que son capaces de pintar, de sus posibilidades, para este A Year With No Summer he llegado preparado, con ganas de hacerle justicia y sin caer en valoraciones anticipadas, a pesar de que el giro estético de su portada capte mi interés de inmediato, alineándose, aunque parezca chocante, con la sensibilidad oscura y noventera del actual trap blanco de Yung Lean o Bones. Su homónimo primer corte tiene mucho de eso. La percusión, que parecería estar ensayando en un garaje, el bajo con matices funk y la voz propia de un grupo californiano de hace dos décadas, se acoplan con el grano de un sintetizador, una cámara de video vieja que le añade un carácter siniestro a la atmósfera, subrayando que no debemos caer en el engaño, por mucho que nos digan que a pesar de que no haya verano se buscará otro sol, la realidad es otra. Aunque todos los meses sean verano, el verano nunca llegará, no va a volver, por eso estalla un estribillo nevado cargando del sentimiento prematuramente marchito Layne Staley. Cantos que quieren ser hollers pero provienen de otro hogar roto. Sentimiento de abandono explorado desde otros estilos de música y que cierto metal parece no escuchar, atareado regulando el sonotone.

Con esto ya estaríamos ante un tema redondo de post-grunge, o llámese como se quiera, lo importante es su capacidad para erizarnos el vello de la piel. Pero lo característico de la banda catalana es su habilidad para introducir capas y capas sonoras generando todo un ecosistema donde, si dejamos de atender a lo que genera más ruido, podemos contemplar un espacio lleno de vida subterránea interaccionando entre sí. Por eso “A Year With No Summer” puede, cuando le viene en gana, derivar hacia un paisaje gótico propio de coordenadas aparentemente lejanas sin perder el tono principal.

La importancia de este primer corte radica, además de en su gran melodía y lo que ésta nos evoca, en poner las primeras piedras del laberinto sonoro en donde nos estamos introduciendo. Avancemos hacia “April 10th” para comprobar si, después de todo, aún nos queda la primavera, y si ésta nos da alergia. El sintetizador se alarga sobre un terreno que no es tanto la Antártida de La cosa de Carpenter como el cielo color ruido blanco de canal de televisor del Neuromante de William Gibson; no nos llegará imagen alguna pero el lavado de cerebro siempre está ahí, con un narrador hablando entre las ondas mientras el sonido se modula hasta sintonizar Un loco a domicilio. Salvo que aquí no hay humor, al menos humano. La batería bien podría ser programada, adentrándonos en una atmósfera de hiperrealidad esquelética que, cuando estalla la distorsión electrónica, cae entre el JK Flesh de Justin Broadrick y los Death Grips más sedados. ‘Por fin’, piensas mientras te miras el holograma que es tu mano y palpas con la lengua los hierros de tu boca, ‘alguien que apuesta en serio por estos sonidos digitales, cibernéticos, sin perder por ello la rabia de su legado industrial pues, después de todo, aunque ya no seamos humanos seguimos siendo esclavos’. Se le perdona así, se le entiende, la leve melodía orquestada de fondo que le conecta a Mantiis dentro de una lucha interior por poner tierra de por medio con la trillada vertiente industrial de tonalidades góticas, lanzándose hacia lo experimental.

Para ello echa mano de todos sus trucos, cambiando el ritmo, desarticulándolo como Philip K. Dick en Time Out of Joint y formando así un torbellino donde lo atmosférico cobra dimensiones a las que el público más comodón del metal no está acostumbrado. Por eso mismo se necesita la llegada repentina de una limpieza clásica, una claridad oceánica en la que descansar. Ese espacio de nadie entre el cielo y el abismo donde poder agarrarse a alguna referencia ‘clásica’. Poco durará, al segundo el cielo se vuelve a nublar de interferencias eléctricas, señalándonos que la calma era una mentira, que no vamos a volver a ver a los Obsidian Kingdom de Mantiis jamás, no al menos bajo aquella forma.

Quizás el loco sea yo, o el niñato, pero ciertos análisis de este tema en otros medios no hacen sino profundizar mi depresión crónica. Decir que éste es el corte más flojo del disco y analizarlo desde referencias setenteras es no haber comprendido el concepto del álbum en absoluto –por algo entre su primer trabajo y éste lanzaron uno de remixes electrónico-experimental-ambient, algo nada casual. O, lo dicho, igual el que se equivoca soy yo. Veremos qué sucede a lo largo del análisis, aunque ya tengo claro que no voy a perder el presente intentando quitarle las arrugas al pasado. Seguimos entonces en “Darkness” con los ojos destapados y mirando al frente, haya lo que haya delante de nosotros. La batería entra en solitario, de nuevo, y lo orgánico se transforma en un simulacro virtual para que sintamos el dolor. El bajo, las hélices del helicóptero de 28 semanas después arrancando cabezas va creciendo junto a una voz que pretendería ser screamo, trazar una perfomance desgarradora, pero no puede en tanto apunta a otro lado, a evitar el ascensor de lo sinfónico. Ésta es la motivación principal del álbum que, si bien también se podía hallar en su anterior trabajo, difiere sustancialmente de su antecesor. El doble fondo ya no se muestra unificado sino a modo de una batalla sin cuartel entre lo orgánico y lo digital desde dentro de la piel, añadiéndole dramatismo al viaje y una mayor profundidad a las voces.

Y justo en sus grietas es donde aparecen los matices noventeros. Cada punteo claro, cualquier amago de un solo que pretende ser mítico, volver a Led Zeppelin y llenar estadios, queda reducido a un teatrillo emo, visibilizando la derrota de fin de siglo, justo cuando coge fuerza el cyberpunk. El simple pensamiento de su deriva lo encabrona, agravándose el sonido como si las vocales se fueran a convertir en un Megatron a lo Godflesh. Como en el tema previo y sin embargo con un sonido muy distinto –ésta es una de las grandes virtudes del álbum–, el grupo se esforzará por calmarse y alcanzar la tranquilidad del mar en el siguiente riff, a pesar de que la espuma deje un reguero de píxeles. Esta vez el freno parece funcionar y las guitarras limpias se encuentran con el ruido estático para desembocar en el paisaje más progresivo de lo que llevamos andado.

Obsidian Kingdom se presentan como una banda experimental, inclasificable, pero, ¿cómo demostrarle su complejidad a un colega cabezón, empeñado en que no se lo curran tanto como dicen? Uno, ponle el álbum desde el principio. Dos, llegados al tercer tema haz hincapié en este pasaje. Tres, tu colega responderá ‘ves lo que te decía, mucho experimental, mucho progresivo y si te fijas verás cómo este cacho es el más sencillito de todos’. Cuatro, tu respuesta, ‘me acabas de dar la razón, fíjate si intentan rizar el rizo que los fragmentos más clásicamente progresivos son los que más sencillos nos resultan de escuchar’. Cinco, si con quien estás discutiendo es con tu amigo el pesado se la sudará la respuesta y seguirá dándote la murga; huye. Si no es el caso, dedicaros a estirar el sonido a ver qué os encontráis, soltad lo primero que se os ocurra para comprobar si el tema lo aguanta, por ejemplo, podéis postular que cuando el drama comienza las vocales sueñan con convertirse en Jeff Tweedy de Wilco, pero son incapaces de alcanzar esos campos llenos de caballos salvajes por mucho que se empeñe la melodía. Esa virtud para establecer filiaciones, como si fuesen una tela de araña en la que se quedan pegadas, es una de las consecuencias del citado revestimiento del sonido principal, siempre impedido por, al menos, otro más por debajo que le intenta hacer la cama y, sin embargo, no desentona en su conjunto. Soy un pesado, lo sé, pero ésta es la gran evolución de la banda respecto a su primerizo Mantiis, si en el anterior los caminos se situaban en paralelo con escasa relación, aquí van dos pasos más allá, saltándose la etapa de la colaboración para lanzarse directamente al pique entre ellos. Por eso el siguiente pasaje, nocturno, onírico, puede permitirse combinar la oscuridad de Eduardo Manostijera con Asimov y acto seguido hacer que esta visión emotiva, casi tierna aunque ácida, sea cortocircuitada por algo que no encaja, siniestro, y que no obstante nos pertenece; el autómata de E.T.A. Hoffmann. Un poco lo que pretenden lograr los barcelonenses con el metal, recordarnos que estos sonidos aparentemente extraños son los nuestros.

Cabe tener esto en mente a la hora de entrar en la aclamada “The Kandinsky Group”, pues ejemplifica el gran abismo existente entre un sector del metal y otro y la habilidad del grupo para saber atraer a los dos. Durante los primeros momentos domina un sintetizador muy oscuro, combinando el columpio que se mueve solo en mitad del campo y la noche en la metrópolis con sus luces de neón, el Solaris de Tarkovsky con Golpe en la pequeña China avanzando lentamente como La niebla extendiéndose y corroyendo nuestra civilización. Escena presentada por una voz fantasmagórica que le añade un sentido operístico muy al gusto de Devin Townsend Project, en donde sobresaldrá un bajo macarra, lento, de femme fatale (u homme) de cantina intergaláctica. Hasta ahí todo en la línea de lo escuchado por el momento, más o menos. Pero a partir de entonces el tema se rompe en aguas progresivo de tinte exótico –que podría encajar incluso en cierto death melódico– y, sobre todo, de un regusto ‘clásico’ que no encaja con la atmósfera general, por mucho que te guste ese estilo. Otros dirán que precisamente lo que no funciona son las partes más electrónicas; sin embargo, más allá de zanjar el debate en una mera cuestión de gustos, no habiendo nada más que añadir, atendamos a la estructura del álbum y lo que ésta nos grita. Precisamente este momento épico, grandioso, es el primero en donde las corrientes subterráneas enmudecen, no permitiéndolas cohabitar la atmósfera y, por ello, traicionando el leitmotiv del trabajo.

Por suerte, esta linealidad dura poco, permitiendo que entren los acordes de luz de luna, el desconcierto de las interferencias, los pasos firmes mediante los únicos músculos orgánicos que conservamos mientras su voz se deshace y, pese a querer volver al tramo anterior, ya no le dejan, secuestrada por el mismo álbum, condenándola pero salvando al oyente. Nos dirige hacia el futuro, un futuro retro eso sí, desde el presente no existe más futuro que ese. Y allí puede coexistir un ritmo industrial machacón con un sonido que desearía ser una banda de éxito californiana pero que acaba siendo los disturbios de Los Angeles de 1992.

Respecto a la historia que cuentan –la musical, independiente del contenido de las letras–, me da la sensación que frente a Mantiis, donde jugaban con distintos pasajes temporales en una narración con varios personajes, aquí estamos continuamente en la mente, en el cuerpo, de una persona en su cotidianidad, ofreciéndonos una visión distinta de ésta respecto de aquella que, dentro del metal, mejor la describe actualmente: El mathcore recorrido por el estrés, la esquizofrenia y los ataques nerviosos. Por el contrario, ahora manda la calma tensa, existiendo la misma distancia entre estos dos géneros que, por ejemplo, entre las películas Her y Crank.

Y qué mejor para expresar la calma tensa que “The Polyarnik”. En esta ocasión la introducción orgánica toma el cariz de una percusión de fondo propia de una rave en un sótano de la zona industrial, de un tsunami por llegar o un monstruo arrastrando la ciudad. Los sonidos agudos, titilantes, hacen que nos demos cuenta de que esas imágenes las estamos viendo desde el salón de nuestras casas, imponiéndose así la tonalidad de la música de ascensor. Una vida como espera, subiendo y bajando, dando igual que tengas millones de contactos o de amigos; la tecnología no aletarga, lo que aletarga es la misma amargura interna, el corazón entumecido y diminuto que por la noche se pone películas mágicas en donde suena este tema, propio de una banda sonora que te obliga a llorar o a emocionarte cuando le place. ‘¿Es eso real?, ¿es eso lo real?’, se preguntan Obsidian Kingdom en su continua exploración por nuestros sentimientos diarios. Porque el futuro no es más que eso.

Tras estos dos minutos y cuarenta y un segundos de tregua falsa con el mundo, donde el sonido más orgánico de todo el trabajo suena el más artificial, “Black Swan” se abre de manera computerizada, sorprendiéndonos con la llegada de una voz propia de Phil Collins. Ya no sabes dónde encontrar la mentira, pues comprobamos que es más nuestro el sonido artificial que el de la voz limpia, demasiado sentimental como para no sospechar. Otra jugada maestra de confusión por parte de este reino obsidiano. De ahí que lo más interesante del track pase por abajo, cuando los ojos del cantante se iluminan más fuerte de lo normal para alguien presuntamente humano y la voz se le estropea, sonando un rechinar mecánico. Tema elegido como segundo single que, si bien no posee la fuerza de la obertura del álbum, esa melancolía al borde de convertirse en cinismo, sí que muestra una fuerte vida interior dentro del ritmo imperturbable, desenfocado.

Con cierta sensación de que a este caleidoscopio le faltan piezas, como si en un último momento no se hubieran atrevido a tomar según qué decisiones, entramos en “Away / Absent”. Último tema de un álbum que supera los tres cuartos de hora pero que se hace cortísimo, incluso si no presenta los picos sonoros que se intuían en el primer corte. Lo cual no quiere decir que éste no sea un trabajo lleno de sorpresas. Ahora, por ejemplo, las guitarras que coquetean con ser rayos de luz son cubiertas por una atmósfera que podría llegar hasta el post-punk, ofreciéndonos una nueva vía de interpretación. Algo fundamental en una banda que pretende que cada oyente pueda apreciar la música creyendo que es “suya”. Quizás ahí esté la clave del debate, que para unos Obsidian Kingdom pertenezcan a una corriente y para otros a otra, eso es lo que pretenden. Y sin embargo sigo pensando que… sí, el amigo pesado de antes realmente soy yo.

El tema como tal es un ejemplo de todo el repertorio musical que pueden sacar, como si hubieran descubierto la máquina del tiempo y todas las eras se juntaran, saliendo de allí su sonido. De los ‘guaguas’ psicodélicos a una voz que quería ser hardcore pero ha terminado coqueteando por el black y su blast beat, engañándonos al habernos prometido sonrisas y no la depresión. El posterior parón, latidos del corazón acelerados, es atrapado por los efluvios de una atmósfera bellísima, acaso la mejor de todo el largo, transportándonos a un cenagal habitado por un chatarrero que ha creado allí su propio mundo lumínico, colores que en ningún otro lado veremos. Tras esto el black intentará volver junto a las vocales del anterior tema, ahora más oscuras que Lana del Rey, dándonos la sensación de que, pese a las evidentes conexiones, esta canción se encuentra algo descolgada respecto de la atmósfera global. Tras un par de minutos de silencio lo comprenderemos; la guitarra acústica, la voz que busca ser nana y se topa con un sonido granulado, intentan volver a un pasado imposible.

A Year With No Summer es un buen paso hacia delante en la creación de un sonido absolutamente personal, múltiple, que no se escude en lo que fue. Surge la duda de hasta qué punto se les puede reprochar que el universo abierto en la portada y durante los dos-tres primeros temas se vaya diluyendo, precisamente la intención de la banda es el cambio continuo y tampoco se puede decir que no exista una coherencia en la sucesión de los temas. Aun con todo, sospecho que todavía hacen concesiones a ciertos sonidos que lastran el resultado. Como dijo Sade en pleno reinado del Terror, “un esfuerzo más si queréis ser republicanos”.

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@eserregeio

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Formación

Zer0 Æmeour Íggdrasil: teclados y vocales
Ojete Mordaza II: batería
Rider G Omega: guitarras y vocales
Seerborn Ape Tot: guitarras
Om Rex Orale: bajo

Vocalistas invitados:

Attila Csihar (Mayhem) – “The Kandinsky Group”
Kristoffer “Garm” Rygg (Ulver) – “10th April”

Tracklist

1. A Year With No Summer
2. 10th April
3. Darkness
4. The Kandinsky Group
5. The Polyarnik
6. Black Swan
7. Away / Absent

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1 comentario
  1. […] su último álbum, A Year With No Summer, del cual podéis leer nuestra reseña haciendo clic aquí. La fecha será en mayo en Bilbao, y tras su confirmación, los conciertos en España quedan […]

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