STOMATOPODA – Sibylline Odyssey

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El álbum debut de los madrileños Stomatopoda –crustáceo depredador de carácter violento– viene con un cuidado diseño, acompañado de las letras de las canciones y, lo que es menos común, junto a una explicación temática del universo al que vamos a entrar. Estos dos puntos a favor del oyente resultan algo puñeteros a la hora de hacer una crítica, pues es necesario evitar la tentación de mirar las letras durante la primera escucha, dejándonos llevar por lo que evoca el tema. Pero lo más ‘fastidioso’ no es eso sino la explicación de la historia en tanto anula la función de cuentacuentos de la crítica –eje generalmente ignorado por el sector, reduciéndose a un bombardeo de referencias en el mejor de los casos–, dándole así gran parte del trabajo mascado.

Queda entonces complementar su propuesta con pinceladas que no desmerezcan su concepto inicial –el cual posee un nombre, Odisea Sibilina, lleno de posibilidades, dando pie a que se desaten la imaginación y el temor. Tarea en la que fui ayudado por el azar durante mi primera aproximación; las canciones se reprodujeron desordenadas, dando lugar a un cortocircuito entre lo esperable y lo que estaba escuchando, generando una apertura por la que poder liberarse de su visión y degustar el álbum con cierta perspectiva.

No obstante, en las siguientes líneas se respetará el orden propuesto por la banda, partiendo de “Stomatopoda”. Tema que tiene un comienzo de esos que te hacen soñar, quizás con una potencia algo pop punk adolescente, en el sentido de situarnos en ese periodo de tiempo cuando todavía el malestar podía ser superado con un arreón, con una fuerza interna que desconocías tener. O dicho de otra forma, los primeros segundos del álbum nos devuelven esa capacidad para sacar una espontánea sonrisa del enfado o de la tristeza, la cual perdimos un mal día en algún indeseado lugar. Sin embargo, a esta melodía donde la voz tira de las guitarras hacia arriba construyendo una escalera de caracol por la que llegar al fruto que hace un momento parecía inalcanzable, se le contrapone una segunda parte que invierte la dirección para descender precipitadamente. El caramelo se vuelve chungo, el mundo feliz de Toonstruck se transforma en uno pesadillesco, la piel ha sido vuelta del revés perdiendo el ritmo y entrecortando la voz.

Parecería, por seguir la historia propuesta por la banda –la cual la podéis encontrar en su bandcamp–, que aquel que hasta hace un momento había encontrado la satisfacción espiritual ha sido ahora secuestrado por las dudas. El fragmento de poso hardcoreta que le acompaña, con unas voces de fondo animándole, soportan su peso en esta espiral de subidas y bajadas fraguadas por los trucos progresivos –como si estuviésemos ante Robert Mitchum en La noche del cazador con sus nudillos manchados con las palabras ‘Amor’ y ‘Odio’. Pero no hay amistad ni voluntad que valgan, la lucha durará hasta que la tentación lo desee. El silencio vocal se impone con una parte instrumental que conduce a unas percusiones febriles a lo Sepultura en la época de su “Ratamahatta” dirigiéndole definitivamente a un mundo de ácido, de truenos dominando el techo de la habitación. Nos preguntamos, claro, por qué echar a perder esa vida tan plena por una serie de malas decisiones mientras escondemos la pregunta de por qué lo hicimos nosotros.

El primer tema contiene ya varios de los elementos que se van a escuchar en el resto del trabajo. Una mezcla de géneros donde predominarán los toques progresivos y esa tonalidad que combina el stoner con otros sonidos post, así como la inclusión de segmentos sublimes peligrosamente cercanos a otros que no casan con estos. Por otra parte, lo que en este corte brilla y, por desgracia, no será una constante en el resto de las canciones, es la sensación de que hemos experimentado un viaje largo, múltiples sucesos en tan sólo cinco minutos y medio.

“Lost in the Jungle” retoma los aires amazónicos del anterior, pero las tribus y animales al acecho enseguida desaparecen en favor de una tonalidad popera que camina al filo del mencionado pop punk –o, si no se quiere traicionar a sus influencias, de un medio camino con los Mastodon más amistosos, dándonos qué pensar acerca de la existencia de puentes entre estilos a priori no muy cercanos. Pero esta vez el plato se presenta con otra de sus máscaras, la de tomarse a broma este descenso por los abismos de su ser. Parecería antes un George de la jungla que un Martin Sheen en Apocalipsis Now, imponiéndose el desenfado al terror a pesar de que el estribillo se endurezca. El inicio de un segundo pasaje, más thrashero, con dos voces gritándose entre sí y unas guitarras más afiladas, no desentonarían con el gusto de Sum 41, en donde una buena línea de bajo lo acerca a una carrera en lancha en el Spy Hunter de recreativa. Al menos hasta que frena de golpe y los instrumentos se funden, dándose cuenta de que él es al mismo tiempo depredador y presa. Retorna entonces la voz, devolviéndole a la jungla. Salvo que ahora es consciente de su situación y aunque la vuelva a repetir algo ha cambiado irremediablemente.

En uno de los análisis anteriores para Fotoconciertos –en concreto, el de Slabdragger– me había llamado la atención el hecho de la existencia de bandas que destacan justo en los intersticios donde cambian de género, cayendo en la monotonía cuando les da por desarrollarlos individualmente. Con estos madrileños pasa justo lo contrario, en el momento en que deciden mantenerse pegados a un sonido es cuando dan lo mejor de sí, manteniéndonos a la espera de que sigan un poco más antes de quedar sepultados por otro estilo que machaque nuestras expectativas previas.

Enrabietados comienzan “The Killing Creature” preparándonos para hacer un mosh virtual hasta que la guitarra explote y de la arena salga un monstruo. Estamos ante uno de los riffs que más próximos se encuentran a la ola sludge-prog a la que siempre miran de reojo; así lo marcan las criaturas mitológicas que pelean en un coliseo donde también se encuentra el protagonista. Nada tiene que hacer si no echa mano de la astucia. Dicho y hecho, pone a las criaturas contra sí para después lanzar a las que quedan en pie contra el público al ritmo de un bucle que nos deja marcas en la piel como si fuese una cadena de hierro que recorre a toda velocidad nuestro cuerpo. En la profundidad de la herida encuentra las variaciones, las modulaciones de la voz, los parones pesados que expulsan lo mejor de sí. De esta manera es como se consigue que surja un fragmento rapidísimo sólo detenido por una voz que dice que no hay salida conforme el solo de guitarra llama a más monstruos; de mayores proporciones. Este particular y maléfico Día de la marmota obliga al improvisado luchador a sentarse en medio de la arena y meditar. Así logra que todo baile a su son, obteniendo el control de ese mundo con uno de los ritmos más inspirados del álbum.

No es casualidad que el tema que más me haya hecho soñar, imaginarme historias, sea uno de los que más he disfrutado. En otras ocasiones sucede lo contrario, que la ausencia de trama determina la calidad del corte; depende entonces de la propuesta general. En este caso el sonido engancha al multiplicar sus variaciones y, al mismo tiempo, haciéndolas más leves, casándolas entre sí, dejando las vocales que los sonidos se desarrollen. “Cosmos Incognita” se abre por lo tanto con gran expectación, más cuando la guitarra camina por un canal y la batería por el otro, situándonos en un terreno incierto donde cualquier melodía podría venir. Y llega un sonido stoneriano con una de esas vocales aéreas que grupos como Hela han sabido llevar hasta el éxtasis desde otros registros, el cual desemboca en una cadencia propia de lo que pasó después del grunge y que tan bien supo recoger Nothink. Aquí complicándose en un ovillo de progresivo que, a nuestra distancia, se asemeja más bien a un punto, algo simple y rotundo cuando realmente está compuesto por cientos de hilos. Y eso es complicado de lograr. Más cuando rematan la jugada con un impase y unos susurros que comprimen diez minutos en un tema de tres y medio. Después de esto, habiéndose ganado el crédito puede dirigirse hacia el stoner, el progresivo, lo post, el doom o lo que quieran, incluso introducir un acento brujo de fondo grave, al lado del cuenco donde hierve una poción. Lo que sea pero que no se calle para siempre esa voz que está en otra lugar. Situación que chirría con la pesadillesca historia general, con semejante brújula vocal es imposible que se pierda por los cielos que surca, los de un día sin nubes.

El pasaje instrumental final, mínimo, se agota demasiado pronto, deseando que se hubieran recreado algo más antes de pasar a «Diamond Dust» con su ventisca, la del Mago de Oz en Kansas y los acordes de guitarra solitarios llenos de tensión. Ya no luce el sol. El bajo, un sendero con hojas secas, advierte que algo fantástico va a ocurrir, no revelando si será bueno o malo. La introducción de unas guitarras más graves y agresivas, tan caras a Intronaut, obligan a que la voz venga desde abajo, del averno interior. Si habíamos comprobado cómo el protagonista había descubierto poco a poco que podía dominar ese mundo mágico según su propia voluntad, aprovechando para disfrutarlo como si de un sueño lúcido se tratase, quienes ahora le atrapan no son otros que sus demonios, sus limitaciones. De ahí que la voz siempre vaya un paso por detrás del ritmo, con esos hálitos en el fondo que le atrapan. Fuera de sí, o demasiado dentro, no puede evitar la llegada de unas percusiones tribales hermanas de las escuchadas en el primer tema, preparando el conjuro para que las guitarras le rodeen en una burbuja con un riff potente, de esos que contienen una melodía en las entrañas, delicadeza agresiva. Por mucho que chille y se ordene a sí mismo que todo pare no obtiene respuesta… hasta que, con el solo de guitarra, por cada grito se transforma en un animal distinto como si estuviera peleando contra la bruja loca de Merlín el encantador. Solo de guitarra que por otra parte ha quedado desterrado del metal actual y que, aquí por ejemplo, en pequeñas dosis y concordando con el tono general, funciona bien, añadiendo un elemento más al transformismo del álbum, pues su motor principal está basado en la mutación de formas, la interrelación de instrumentos, en una lucha por ver quién es la cárcel y qué, o quién, es verdaderamente el protagonista.

“Wretched Man” o Demolition Man más bien, el ritmo entra con fuerza, llevándose por delante todo lo que se le oponga. Una pena que se desinfle con el siguiente fragmento tintado de progresivo y desconectado tanto de la parte previa como de la siguiente, la cual rescata el regusto hardcoreta envuelto en terceras voces. En esta reunión de todos los vicios del primer “Stomatopoda” parecería que tanto con el anterior corte como con éste el protagonista está volviendo a los mismos pasajes transitados, rehaciendo el camino frenéticamente en busca de la salida. Destacar en este corte el parón y su doble bombo a los que les sigue una atmósfera alucinada con el aspecto de una lámpara de lava en un viaje demente dentro de un universo sci-fi. El regreso de la aceleración sugiere que en este viaje, más que autodescubrirse, se está deshaciendo a sí mismo, literalmente.

Pero precisamente entre sus restos, entre lo que queda de valor ahora que estamos llegando al final, al penúltimo tema, “Oaken Groves”, observamos esos puntos fuertes de la banda que, demasiado enmarañados, no han llegado a desarrollarse como podrían haberlo hecho. Por ejemplo, anhelas que la voz se sitúe siempre en sus cotas más altas, que luche por no caer en lo común, que sus toques progresivos no le pierdan por caminos que, paradójicamente, empobrecen el planteamiento de la canción al no meterle una mayor sensación de profundidad, de paso del tiempo. Que el inframundo esté a la altura de sus paseos entre las nubes. En su regreso a la cotidianeidad nos quedan unas vocales que, cual avioneta en la pista de despegue, necesitan calentar hasta llevarnos de nuevo a los cielos en un estribillo muy del gusto del mejor Juan Blas.

Aterrizan en “The Adder Stone”. Allí las guitarras, rechinando, arden luz blanca conforme adquieren velocidad y se descompone el mundo habitado a lo largo del álbum. Antes de llegar a su meta todavía queda el último desafío, así nos lo dicen las voces que le apoyan desde el otro lado, con acento combativo. Se perciben las dificultades, pues a la voz le cuesta pasar entre las guitarras entrecortadas, la tierra se resquebraja y ralentiza el paso. Salta, esquiva los ecos, lo que cae de las alturas, las pesadillas del triste payaso de The Whispered World. Pide que le ayuden a salir y el ritmo finalmente pilla el turbo con la llegada del solo de guitarra adrenalínico –ejemplar en este contexto. Consigue escapar pero se da cuenta de que con él han salido otras criaturas, un Insidious en el que todo el mal proviene de él, creaciones suyas que se han autonomizado y que están convirtiendo a sus amigos en seres extraños. De ahí esos gritos y la lucha final a puñetazo limpio con sus amigos, intentando arrancarles el ectoplasma que tienen pegado a ellos; apagándose el sonido de golpe. Final ¿feliz?

@eserregeio

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Formación

Andrés Balas: vocales
Guille Ramos: guitarras
Victor Ciria: guitarras
Jack Malowny: bajo
Alberto Martín: batería y percusión

Tracklist

1. Stomatopoda
2. Lost in the Jungle
3. The Killing Creature
4. Cosmos Incognita
5. Diamond Dust
6. Wretched Man
7. Oaken Groves
8. The Adder Stone

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8 Comentarios
  1. Stomatopoda dice

    Muchas gracias! :)

  2. Stomatopoda dice

    Muchas gracias! :)

  3. Stomatopoda dice

    Muchas gracias! :)

  4. Stomatopoda dice

    Muchas gracias! :)

  5. Stomatopoda dice

    Muchas gracias! :)

  6. Stomatopoda dice

    Muchas gracias! :)

  7. Stomatopoda dice

    Muchas gracias! :)

  8. […] su debut. Junto a ellos podremos ver a Stomatopoda haciendo lo propio con Sibylline Odyssey, […]

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