SUNNATA – Zorya

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Climbing the Colossus (2014), el álbum debut de los polacos tras el cambio de nombre de Satellite Beaver a Sunnata tenía algo que le hacía destacar por encima de las decenas de trabajos de stoner-sludge que salen a la semana. Su utilización del bombo y los bucles de los riffs le emparentaban con un groove/nu-metal muy poco explotado en estos parajes, convirtiéndole en un rara avis del género al que se le perdonaban sus vicios de novato. Por eso para este Zorya el nivel de exigencia estaba tan alto que hasta la portada se juzgaba con dureza, pidiéndole más oscuridad.

Ningún problema. Enchufar el primer tema y callarnos la boca es todo en uno, pues con “Beasts of prey” se sacan de la manga una de esas aperturas que ya te dan todo hecho de cara al resto del álbum, tan grande es su poder para proporcionarnos hilos por los que engancharnos e ir tirando hacia diferentes universos. El sonido desenfocado, chirriante, deja paso a aullidos de fantasmas y un bajo que domina el desolado páramo, sin prisas, como el señor de la muerte que regresa del inframundo. La batería, poniéndose a la altura de lo mejor de su debut, se deja notar con el golpeo sobre piel de animal de unas manos ensangrentadas. Dos tribus se unen para la guerra. Las guitarras, erráticas, no van al ritmo del resto pues son precisamente esos fantasmas desfigurados que obedecen al nigromante, sólo hasta cierto punto ya que poseen su propia voluntad. Comprobamos entonces de dónde proviene la capacidad del grupo para evocarnos imágenes y narraciones, del hecho de que cada instrumento tenga una personalidad definida, no subordinada a las demás. Y, lo mejor, esto nos promete escarceos entre unos y otros, no un mero discurrir indiferente ante los demás.

En este mundo de las largas distancias, recorridas a pie o sobre los grandes elefantes cartaginenses, todo posee una lentitud que, al igual que la de aquellos hombres envueltos en cicatrices, no tiene nada de relajada o vaga; por el contrario está llena de tensión, intensidad, potencia. Su destino aparece a los tres minutos y medio, una ciudad a la que todavía no llegarán pues la aceleración de la guitarra, el silencio de los demás instrumentos como el de quien ve algo inusual, nos alertan de la presencia de enemigos rezagados tras la última escaramuza. Comienza la persecución donde sobresale un stoner droneado que no debe confundirse con el sludgeado pues existe una diferencia en sus tonos graves, en la pesadez, saltándose sus componentes blueseros para pasar directamente a una ralentización sideral. Tampoco se encuentra presente el sabor del motor. Ni lo necesitará la siguiente guitarra acústica dando paso a la voz suave del narrador, el testigo, el cronista, acompañado por el coro de sus compañeros entonando una canción de victoria, envalentonándolos. Entre esa euforia, la voz rasgada les manda que continúen avanzando, que todavía quedan ciudades por saquear.

Lo más interesante del sonido propuesto tiene que ver con el enlace entre pasajes y sus retornos. Por ejemplo, la vuelta de la guitarra acústica distorsionada a los seis minutos parece decirnos que lo que vemos quizás esté retransmitido en vivo o quizás no, como si lo que nos cuenta ese testigo repleto de historias pudieran ser relatos del pasado, del presente o del futuro de su vida. Eso es lo que parece expresar este tema más allá de la historia como tal, el hecho de que hay más, cientos de ellas, siendo preferible prestar atención antes a la atmósfera de pies y sudor que a los detalles y, de manera más general todavía, a las sensaciones de un sonido que tienes enfrente pero que te mueve temporalmente hacia delante y hacia atrás. Así, dejando de lado los gemidos de las guitarras-fantasmas –asemejándose a alarmas antiaéreas–, las cuales deben de obedecer al nigromante y arrasar la ciudad, otra cualquiera, atendemos al ambiente del momento con indiferencia moral, no juzgando los actos. Éste es el regalo que nos brinda el álbum, el objetivo de su sonido, deleitarse en las sensaciones del pasado, presente y futuro sin juicios. Volver al pasado sin darte mal, ni arrepentirte ni odiarle, viajar al futuro sin afán de evitarlo o conseguirlo, aprehender el presente sin planes o cargas.

Claro, un entramado así es débil, difícil de mantener durante mucho tiempo. Su final con un semi-trémolo más cercano a Grecia y sus vínculos orientales que a la California surfera, marcando desde dónde hay que interpretar su stoner, cae en ese stoner-sludge tan machacado actualmente y que ya mostraban en las partes más flojas de su anterior trabajo. Con la impresión de que no deberían tener miedo a meter tijera se llega al siguiente “Zorya”, el cual dura unos tres minutos y medio menos y ha sido la razón por la que hacer esta crítica que estáis leyendo. Sabía que si me obligaba a escribir sobre él lo escucharía más veces, más atentamente, evitando que fuese olvidado rápidamente debido a la avalancha de novedades. No se merecía semejante suerte.

Su grito inicial, imitando al glam ochentero, termina rompiéndose conforme una espada le sale por la tripa y le abre en canal. Estamos en mitad de una batalla. Otra voz, otro muerto, fuego. El sonido taimado que se impondrá es propio del mejor doom hecho actualmente, del que huele a clásico, del que rezuma mal y no es una simple parodia, del que lleva el sonido del bosque, del humo de la ciudad, de lo prohibido. Esto engloba cacofonías tan variadas que van desde Windhand hasta Alunah, combinándolas con una voz con mucho del post-grunge tan caro a varias bandas actuales como Beesus. Como ya se ha comentado, con música así sólo te dan ganas de sentarte en lo que tienes frente a tus ojos, tu memoria o tu deseo y contemplarlo sin pensar en nada, dejando que te penetre, que te saque de ti y te machaque, anulado, estando presente lo otro desde un número inabarcable de formas distintas. Ahí descansa su atemporalidad, su trascendencia.

Podría continuar con la historia pero ya tenéis la base, las herramientas, el mundo. Ahora, cual motor del Baldur’s Gate, podéis crear vosotros historias más complejas y mejores, yo estoy en otro sitio, dejándome llevar por los cambio de ritmo, por una guitarra que deja sordos al resto de los instrumentos. Se libra una tímida batería tribal que remolonea como el vuelo de una mosca, esa voz que cuando le da la gana recupera al Ozzy setentero o se desplaza a otro tiempo. ¿Que quiere entrar un solo de guitarra distorsionado y esconderse en el fondo en lugar de ponerse en primer plano sobre un ritmo repetitivo para destacar? Pues lo hace. Estamos en el rincón del mal, donde las reglas no funcionan como estamos habituados, no habiendo más orden que los que te golpean. Allí, la movilidad de los instrumentos no respeta nada, logrando que disfrutemos con un sonido que ya conocemos muy bien y que, de otra forma, podría llegarnos a cansar.

La parte final, coqueteando de nuevo con cierto gruñir grunge entendido como desesperación pendiente de un hilo, capaz de caer en el cinismo en cualquier momento, es introducida en la licuadora de las guitarras, haciendo al tema picadillo, al igual que le pasó a todos esos músicos de comienzos de los noventa –de Noruega a Seattle. Comprendemos entonces cómo cambia completamente el sonido si al mismo patrón lo juntamos con otras referencias –el stoner doom con el grunge como es el caso que nos ocupa, con el groove en el anterior álbum… En este sentido, los dos álbumes de Sunnata son todo un ensayo sobre la música, la capacidad de ramificarse un mismo sonido y mutar, sus posibilidades.

¿Queda algo más que decir de este trabajo?, ¿vale la pena seguir describiéndolo? Tengo diez minutos de “Long gone” para decidirme. De primeras, el sonido galáctico combinado con una melodía acústica distorsionada, con la oscuridad de las cavernas y los ritos pero también del universo que se encuentra más allá de nuestra comprensión, hace que si hubiera que clasificar este sonido lo llamáramos “lovecraftiano”. Oceánico en el sentido de inmensidad inabarcable. Una pena que el ritmo se agrave y se acelere, perdiendo la intensidad previa al hacerla más tangible. Si se quiere retomar la historia pasada diríamos que este retumbar tan propio de un monstruo despertando se debe a la ebriedad de poder del ejército que decide conquistar todo, siendo insuficientes para ello los fantasmas; hay que invocar a una fuerza mayor. Lo más curioso del tema es el hecho de que el sonido de fondo vaya aumentando en espiral, encontrándose con el disco anterior y ese sonido groove/nu-metalero, esta vez bajo la forma de los subidones de Rage Against the Machine.

También resulta revelador que éste sea el tema más flojo hasta el momento, siendo como es aquél que sitúa cara a cara a su anterior estilo y al actual –es preferible hablar de diferentes experimentos y no de evolución porque parten de la misma base para combinar el sonido con un género u otro. Al menos para el que escribe el veredicto es claro, gana la combinación actual. Así, al margen de la calidad de la banda como tal, lo que se está poniendo en primer plano tiene que ver con cómo se articulan diferentes sonidos y por dónde puede tirar cierto stoner que ya está dando muestras de fatiga. A “Long gone” le da hasta para hacer un amago de breakdown como si estuviésemos ante el salto del nu-metal al metalcore. Te convencerá más o menos pero no puedes dejar de aplaudir que sigan explorando opciones y buscando contrastes en lugar de dejarse llevar por la inercia. Una muestra de esto último se encuentra en la guitarra calmada que aparece a los cinco minutos y medio, tranquilizadora en el dominio del álbum pero que en directo promete ser un cataclismo maravilloso, como piedras preciosas que brillan en la oscuridad pues tienen luz en su interior, en nuestros ojos. La batería, queriendo acelerarse hacia un sonido post-hardcore se detiene y coquetea con la guitarra de una manera absolutamente sensual, tierna.

Parece mentira que en una banda así nos topemos con este tipo de sentimientos, otro ejemplo más de las sorpresas que se esconden bajo la etiqueta stoner-sludge de siempre. A “New horizon” también le gustaría sorprendernos, lo intenta la distorsión inicial que pretende ascender a lo Mars Red Sky pero que enseguida se golpea contra el suelo cual sapo demasiado ambicioso. Cansado de no alcanzar el cielo comienza a gemir el príncipe atrapado en su cuerpo y la voz se extiende en la neblina del pantano. Hasta aquí tenemos una atmósfera coherente con los temas anteriores. Por el contrario, el siguiente territorio será el de unas guitarras que nos descolocan completamente, dejando el espacio suficiente entre un golpeo y otro como para que suene a western. Lejos de ser esto un problema constituye precisamente el núcleo de las virtudes de la obra, si semejante disonancia chirriaría de normal aquí te quedas embobado como cuando a Orgullo y prejuicio le meten zombies o tiburones a los tornados. Estás preso por una batería militar de la guerra de secesión, por las miradas entre el bueno, el feo y el malo, a pesar de que la voz noventera no sea la más adecuada y el sonido vaya desembocando en un remedo del stoner-sludge tan trillado por bandas como Slabdragger, Pist, Behold! the Monolith, Weedeater Se le perdona, el boxeador nos ha dado un derechazo tan duro que ahora se permite el lujo de bailar sin que logremos conectarle ningún golpe.

Durante el retorno al duelo en el oeste, los buitres sobrevolando nuestras cabezas nos hacen sospechar que están mandados por el nigromante a modo de exploradores para reconocer el terreno y poder atacar ese mundo. Por eso hay una cierta expectación en el final “Again and against”, intentando averiguar por dónde nos van a salir los polacos. En este caso, la atmósfera muy muy sucia nos lanza directamente al sludge más clónico y sin matices. Pero allí está el nigromante, el narrador o quién sea para salvar la reputación del álbum introduciendo un sonido a vinilo estropeado propio del mundo malsano de Asesinato en 8 mm. y, si nos descuidamos, de A Serbian Film. El parón, ácido disolviendo las tripas, la voz recitada, gente espiándote desde casas abandonadas, el culto de Los sin nombre vigilando tus pasos, la guitarra afilada, del agua con pirañas devorándote, combina el sonido del cine gore con las palabras del nigromante teniendo acceso a numerosos mundos. Intención que se explicitará en los últimos estertores de la obra cuando el bajo resuene cual mantra oriental y la voz, melódica, controle la sala de máquinas. Comprobamos así lo que se intuía en el anterior corte, que la banda quiere conquistar todas las realidades posibles, de ahí su particular forma de relacionarse con el tiempo.

Si a este trabajo le añadiésemos unas vocales que se acoplaran como un instrumento más, indiferenciado del resto en su versatilidad, y no cayera de vez en cuando en los clichés sobreexplotados del stoner-sludge, estaríamos ante un tsunami apoteósico. Pero incluso si este género no fuera uno de nuestros favoritos algo seguiría siendo seguro, tras acabar su escucha somos un poco más sabios. A costa de ser menos nosotros.

Sunnata_2016

@eserregeio

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Sunnata_Zorya

Tracklist

1. Beasts of prey
2. Zorya
3. Long gone
4. New horizon
5. Again and against

Formación

Szy : vocales
Gad : guitarras
Dob: bajo
Rob: batería

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Bandcamp

1 comentario
  1. Laura Lokkie dice

    que pasada de portada

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