THE LION’S DAUGHTER – Existence Is Horror

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Tenía ganas de escuchar a los missourianos The Lion’s Daughter tras el conseguido A Black Sea junto a la banda local folk Indian Blanket, resultando de semejante combinación un sludge- americana que daba una vuelta de tuerca a lo que bandas como Earth inauguraron en su momento. Si lo habéis oído sabéis de qué hablo, si no, id a su bandcamp ya mismo. Los rumores de que en esta ocasión nos íbamos a encontrar ante un sonido distinto hacían que la expectación fuera aún mayor, por lo que dejémonos de rodeos y al lío.

“Phobetor” es un tema introductorio, de esos que solamente se incluyen si se quiere remarcar la ambientación desde un primer momento, de otra manera no entiendo su función, al menos dentro de este género –dejando de lado otros objetivos que engloban desde soltar un chiste hasta incluir una melodía o hacer un virtuosismo técnico que no tiene cabida en el resto del álbum. El sonido de fondo combina lo natural y lo sintético, como si estuviésemos en una sala de máquinas dando energía a los utensilios que torturan a los desgarradores gritos femeninos que nos acompañan. Sin embargo, la guitarra calma, incluso melodiosa, parece decir, con una caricia, que no nos preocupemos por semejante mundo en caos, frío, enfermo, ardiendo… toda atrocidad es silenciada por la voz de una mujer, bruja o matrona obligada a hipnotizar a las presas.

Y en “Mass Green Extinctus” comprobamos que en este mundo hay tantas atrocidades como estilos distintos. Su ambientación siniestra se desplaza hacia horizontes que abarcan desde el death a lo progresivo, comandados por una línea de bajo muy muy dura que, por mucho que acelere al resto de los instrumentos, arrastra siempre un arado arañando el suelo. Esa podría ser una buena aproximación a su particular sludge. Pero ahí no debe quedar la cosa, pido algo más a su hipotético blackened sludge, por ejemplo los siguientes solos agudos que guardan el signo del terror, de la sombra de la luna sobre la superficie terrestre. Aquí tenemos otra tentativa de definición de su sonido, el terror precisamente como esa velocidad que no te deja correr, ese caos que, sin embargo, siempre sucede demasiado lento, una agonía. Caos y agonía. Éste es el mundo que parece dibujarse delante de nosotros. Aunque las guitarras se abran a la exploración de territorios con toques post-rock, todo suena difuso, manchado, desde el primer segundo del tema se observa un humillo gris, el azul oscuro de la sangre muerta bajo nuestra piel, perdiéndose las variaciones instrumentales entre esa niebla.

Entonces, todavía indecisos acerca de cómo entender la propuesta de The Lion’s Daughter avanzamos hacia “Nothing Lies Ahead”, probablemente el tema más complejo del álbum. Su riff inicial, jugando a entonar black metal dentro de otro sonido mayor, de uno que recoge mil posibilidades distintas, desde lo brutal a lo relativamente experimental, es acompañado por esa voz desgarrada, sin matices, la culpable de empantanar la atmósfera. Será el toque de una percusión que recuerda tanto a las delicatessen de Baroness como a los pasos de un gigante, lo que dé el pistoletazo de salida a los recovecos, a la visión de una mansión señorial donde vive un monstruo colmado de lujos. La introducción a un pasaje loco de tintes chaotic hardcore junto a la machaconería de lo industrial, nos lleva a otra sala de máquinas, esta vez construida con cuerpos, dientes, pellejos. Ese es el mundo que refleja la portada del álbum realizada por el imprescindible Paolo Girardi, el clasicismo y el horror.

Pero ojo, cuando las guitarras estallan y los efectos de pedal se liberan, la fachada del lujo se quiebra para revelar un sonido marciano, propio de la ciencia ficción a cargo de un bajo alucinado. Semejante recurso musical, brillante, provoca estrabismo en la mirada, no sabiendo dónde posarse. La barroca mansión rebosante de cuadros, luces, detalles, también contiene orgías, palizas y personajes de otro mundo. Saló y Mars Attacks!.

Ha sido entonces en el tercer corte cuando han sabido canalizar todo ese sonido con diferentes paternidades que se intuía pero que resultaba vago, emborronando la foto si la dosis no estaba balanceada. Con “Dog Shaped Man” desciframos por fin de quién es la voz de las vocales. Del dueño de la mansión, del dios, o señor de la guerra, de ese universo. Del que va comandando los convoyes llenos de pirados de Mad Max cuando se aburre de sus fortificaciones. De ahí que éste sea un tema veloz, recorriendo el yermo con toda su aridez y el polvo en nuestros oídos. Por suerte, en ocasiones encontramos la melodía, espacios de descanso frente a la abrasión sin tregua de las vocales. El aroma proto-djent que nos reafirma en un universo a medio camino entre lo tecnológico y lo atávico, deja paso a tremolos blackgaze y blast-beats que más que expandir el paisaje lo amontonan. Parecería que estamos ante un jefe final de videojuego de recreativa, donde esos respiros son los puntos flacos a los que atacar y los combos a emplear son tantos como estilos despliega la banda de St. Louis –algo no muy sorprendente ya que este año que nos abandona, además de la saturación de lo blackened y la intrusión de trazas operísticas dentro del metalcore, ha predominado la combinación indiscriminada de distintos géneros del metal y el hardcore.

“Four Flies” consta de un bajo bien marcado y unas guitarras donde la playa resuena, más cercanas a Neil Young que a Deafheaven por muy duras que éstas sean. Al menos hasta que son rotas por la negrura, el fuel, los plásticos, los animales muertos, las colillas… Eso hay que dárselo a la banda estadounidense, la capacidad de afear todos esos lugares esplendorosos, ya sea con una percusión hardcore o con un ritmo machacón en bucle, afilando el sonido hasta que nos salten chispas a los ojos. Esto tiene un peligro, en ocasiones el giro de un sonido a otro es demasiado brusco, vale que estamos dentro de la historia del dueño y señor de esas tierras y puede hacer lo que le plazca, pero no deja de faltar una mayor cohesión, o progresión. Al estilo de lo que poco a poco se irá imponiendo en el tema, topándonos por primera vez con una voz más matizada, capaz de jugar con el primer y el segundo plano, emulando con ello a sus colegas del sureste con sus redefiniciones del sludge, desde los citados Baroness hasta Mastodon, Torche o Black Tusk. Será que el dios se está haciendo viejos y en los siguientes temas deberemos o bien encontrar un sucesor o acabar de una vez por todas con él –tenemos tal capacidad de decisión en la medida que se entonan una gran variedad de estilos sonoros, posibilidades.

El golpe sordo que abre “Midnight Glass” continúa la senda del anterior, la cara amable de ese sonido titánico, que de lejos, muy de lejos, y siguiendo con la coña con la que surgió el nombre de los Eagles of Death Metal, pasaría por una versión death de los Foo Fighters. Esto dura poco, la voz vuelve a estar cargada de fuerza, gritando que no le quitarán de en medio tan fácilmente. El resurgimiento de un dios moribundo. A lo rey absolutista que pasa a monarca constitucional, vamos. Desde esta perspectiva entendemos los cambios de ritmo, los diferentes patrones exhibidos, incluso la introducción en este tema de un sonido cercano al heavy clásico; pan y circo para el pueblo, distracciones, múltiples diversiones con el fin de amainar las quejas.

Al final del tema se produce un choque frontal que desaparece en el silencio, dejándonos en ascuas acerca de las andanzas de nuestro malévolo protagonista. “The Fiction In The Dark” nos sitúa en la oscuridad de las cavernas no sin ciertas resonancias espaciales, jugando a confundirse con monstruos como Ufomammut y Behold! The Monolith. La última de las guaridas del señor del universo, allí donde se lame las heridas. El que la percusión se acelere mientras las guitarras pasan a crear la atmósfera, obligando a la primera a ser la que se abra camino, nos retrotrae a los primeros discos atmosféricos de black metal, haciendo de la cueva un bosque por el que, una vez estabilizado el ritmo, podemos avanzar sin caer, topándonos con figuras grotescas entre los murmullos del eco hasta que sólo quedamos nosotros, el sintetizador alargándose conforme petrifica nuestra mirada… y el dios durmiendo. “A Cursed Black End” nos deja donde nos habíamos quedado, volviendo de nuevo a uno de los mejores ejemplos de blackened sludge. Comprobamos que matarlo no será tan fácil, la ralentización fangosa paraliza a nuestras extremidades, y el señor de la guerra se alza cual iglesia hacia el cielo. Sin llegar a la majestuosidad de Maranatha con su Filth, sin duda uno de los discos del año, capaces de combinar el sludge más crowbariano con la sequedad de boca del esclavo, aquí se opta al blast-beat antes que al d-beat a la hora de armarse de valor y atacar. Como sea, el sonido orquestal final, gravoso, el de la maravilla desplomándose, despeja el firmamento.

Por eso se agradece que “They’re Already Inside” comience con una atmósfera de callejón oscuro y humeante propia de una película de Carpenter, rota de nuevo por esa doble vía entre el death y el black, mantenida gracias al bajo conductor que les obliga a apantanarse. Tema que parece arrancarle la piel al anterior, cuando ese enemigo de cristal, barro y estrellas ha sido destruido y no hay nadie alrededor para aliviar la sed de sangre, sólo nuestro propio cuerpo. Todo este viaje nos ha hecho mella, sin duda, también a la banda, la cual a mitad del corte muda el pellejo que le queda para desnudarse en un ritmo proto-black de raíces punk caminando junto a un sintetizador cósmico. Viajamos a una región inesperada, un gran gesto de la banda que nos prepara para el universo que se presentará en el siguiente álbum.

O eso me gustaría pensar, porque tanto el final del tema como en el último “The Horror Of Existence” nos encontramos en territorio conocido. Los primeros compases son los de guitarras distorsionadas, sucias, armaduras del estilo de los caballeros del zodiaco, con rostro oculto incluido, cabalgan entre tormentas de arena hacia el lugar donde ha caído una cápsula que provenía de otro universo. Como nos temíamos, en cuanto se abre la cápsula y surgen las vocales gargantuescas, de Kaiju, se libera lo que sobrevivió del dios, aumentando y destrozando todo allá por donde pasa. Destinado a reinar también en esta nueva dimensión, perpetúa la línea de sonido anterior, si bien con cierta cadencia sludge-prog, adquiriendo así características del nuevo terreno por conquistar.

Buen intento, salvo que todos los escenarios propuestos tienen similitudes, están dominados por el mismo dueño. El cual, por desgracia, ya lo conocemos de sobra.

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@eserregeio

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Formación

Rick Giordano: vocales y guitarras
Erik Ramsier: percusión
Scott Fogelbach: bajo

Tracklist

1. Phobetor
2. Mass Green Extinctus
3. Nothing Lies Ahead
4. Dog Shaped Man
5. Four Flies
6. Midnight Glass
7. The Fiction In The Dark
8. A Cursed Black End
9. They’re Already Inside
10. The Horror Of Existence

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