YAWNING MAN + LANA LEE – La Ley Seca (Zaragoza) (07/08/2016)

Titular rápido en una imagen. El ambiente previo al concierto era una densa nube surgida del choque entre una sala no muy llena y la falta de dudas, la unanimidad de que estábamos ante una vivencia extraordinaria.

Entrando en detalle nos topamos con la sorprendente presencia de Lana Lee, sorprendente porque no siempre se tiene el tiento de incluir a una formación local para abrir el concierto de una banda estadounidense, perdiendo la oportunidad tanto de conseguir experiencia y visibilidad por parte del grupo como la perspectiva que nos brinda al público el tener juntas a bandas de distinta procedencia, permitiéndonos en su conexión captar distintos sonidos que antes se nos escapaban. Algo que sucedió en este caso.

Encabezados por Nacho, un superdotado de la guitarra, y dirigiéndose al público sin micrófono, con esas formas de extrema cortesía y al mismo tiempo cercanía que le caracterizan, Lana Lee nos brindó esta vez un cruce de caminos instrumental entre lo progresivo y el post-rock. Y seguramente gracias a su puesta en común con Yawning Man, su actuación, de la que creía que no disfrutaría de nada que no hubiera presenciado con anterioridad, se convirtió en toda una revelación de su componente más lisérgico, abriéndose el tarro de los aromas bien conservados en temas como Río Tinto. Hilo del que poder tirar con esperanza, sobre todo teniendo en cuenta que la principal pega del grupo recae en su conato cerebral, llegando a producir ocasionales desconexiones en el oyente acrecentadas por su gusto por los patrones funk –véase su despedida con la revisitación de “Marinero” donde el vasto horizonte que proponía fue cercenado por unas notas más festivas, cerradas.

Sobre su directo poco que objetar, siendo ‘parsimonia’ la palabra que mejor lo define. No como sinónimo de parquedad, todo lo contrario, como un ethos que entrelaza a sus instrumentos en el punto exacto, sin que ninguno se imponga –en especial durante sus partes más evocadoras–, creando así un triángulo entre ellos con la forma del conjuro. De esta manera disfrutamos de un concierto donde los fríos ciclos lunares se iban alternando con la ardiente arena, replica de la sudorosa noche zaragozana que encontraba su refugio en el aire acondicionado de La Ley Seca. Y algo parecido sucedió con su sonido, dando la sensación de que estábamos ante una jam con la exactitud del estudio, donde el público se había convertido en árboles, con sus raíces clavadas a las vibraciones de la música y sus copas levemente balanceadas por la brisa de los movimientos de los instrumentos. Un placer sutil.

Al comienzo de la crónica se ha dado a entender que todo en esta noche eran certezas. Ni mucho menos. Conforme Yawning Man preparaban sus instrumentos y salían a escena nos preguntábamos por dónde nos saldrían estos californianos pioneros del desert rock, título que para ellos no significará nada atendiendo a los coherentes pero variados álbumes que han ido lanzando hasta el momento, de la suavidad de Rock Formations, a los laberintos de Pot Head o a la vegetación del reciente Historical Graffiti, donde el desierto, la psicodelia y el surf se unen con el folklore de América en toda su extensión, el cual, como explicó Mario Lalli, fue grabado en un día en Buenas Aires en un estudio especializado en música tango. De momento, el español menos que básico del citado frontman, cuya forma de agarrarse al bajo sugiere que toda esa pasión no puede ser recompensada por cualquier halago fácil en una escala basada en el éxito, es acompañado por la metafóricamente impagable camiseta de la banda con la fotografía del Apache de Zosh Clishn que carga Bill Stinson en la batería, el tatuaje descolorido con la cover del My War de Black Flag en el hombro del guitarrista Gary Arce y el carácter estoico del nuevo miembro, Justine, al bajo. Suma que en el primer “Far-Off Adventure” nos devuelve un sonido mucho más tosco que el disfrutado en Lana Lee, cargado de grano y acoples. Ese ulular que nos trajeron a nuestro plano de la realidad se intuye pero no se impone. Sin embargo semejante excedente de fuerza es una sorpresa y a estas alturas del baile todas las sorpresas son buenas, por lo que le damos margen de maniobra, comprendiendo sólo entonces que tenemos la suerte de estar captando su vertiente stoner, aquella que influyó a todas las demás bandas de Palm Desert. Olvidaros de los álbumes, los cuales recogen su música pero no su contexto, su momento histórico, aquello único que sintieron los presentes en esas interminables jams alejados de la civilización. Estamos ante un pasadizo a la historia.

Visto así comenzamos a sentir el peso de la gravedad y a orbitar hacia ellos, notándolo en cada gesto en los labios de Mario Lalli, en cada aspaviento de las manos luchando por alcanzar los instrumentos, algo que difícilmente puedes comprender pero que de alguna manera sientes. Y entonces la catarata es incontenible. No sé cómo pueden denominar desert a todo ese torrente; stream rock sería un nombre más adecuado. Y por si esto no fuera poco, para el segundo “Blue Foam” captamos un imposible deje shoegaze a lo My Bloody Valentine que nos pone sobre la mesa las claves para comprender ese nexo de unión del stoner, el sludge y la psicodelia del sonido del sureste estadounidense de Kylesa. Otro portal temporal, un lujo al que pocos pueden acceder independientemente del dinero o la cultura que posean. Al margen de esto, con este segundo tema los californianos saben cómo rellenar los altibajos de la planicie, mientras que habrá quien vea simplemente una línea recta ellos recogen la sabiduría ancestral de ese suelo para ofrecernos una mirada distinta, una aprehensión alternativa de la realidad. Deseo de ser piel roja.

Será por eso que la velocidad del siguiente “Sand Whip” no es la de un coche como pretende el tufo de gasolina del stoner, sino el del galopar animal y los ruidos de su noche. El lenguaje corporal recogido de Gary Arce, la frontalidad de la gorra del correcaminos de Mario Lalli, la violencia freak, del animal enjaulado de Bill Stinson, la carretera lynchiana de Justine, todo es importante para que nosotros progresemos por los surcos y al mismo tiempo, como en un vinilo o en el sonido tribal, sigamos dando vueltas a su alrededor, sobre una cosmogonía más antigua que nuestra Historia. Para el cuarto tema, “The Wind Cries Edalyn”, ya nos hemos olvidado de los números y de la hora, la banda avanza por caminos donde no pensábamos que llegarían, tirando de nosotros y sacándonos de nuestra zona de expectativas. De nuevo, un sonido bronco en relación a su grabación para el Historial Graffiti nos obliga a reeducar el oído para captar entre su gravedad al reloj de la naturaleza. Una música hecha para no mirar a ningún punto en concreto, que la mirada se pierda; lo que hace que automáticamente te separes de alguien cuando te toca aquí te induce a acercarte a olerle –todo esto sin cachondina eh. Y si no me creéis deberías experimentar su “Perpetual Oyster”, donde Mario Lalli y Justine se intercambian los instrumentos y para que nuestros sentimientos se deslicen sin oponer resistencia alguna el primero en vez de púa utiliza un vibrador.

Relajados y extenuados, “Stoney Lonesome” irrumpe con un trueno en un día despejado, la batería titánica nos encoje el corazón y nos ensancha los kilómetros de piel. Aquí, en toda su inmensidad, es donde mejor se observa el principal problema de este directo, la sala se queda pequeña, necesitando de cielo y sendas por las que deambular hasta el agotamiento y seguir escuchando de fondo su música. Ávidos de proporcionarnos más espacio por los que discurrir Justine sale de escena, quedándose los otros tres para regalarnos tres temas que terminan en “Dark Meet”, cargado con un tono doom que nos prepara para el aterrizaje. Tras el vuelo por los cielos y las turbulencias vitoreamos a la tripulación; los aplausos se alargan hasta el infinito, casi como la hora y media de su actuación.

Se me ocurre otro titular rápido. Un directo de Yawning Man no puede describirse con palabras, incluso la poesía y la metafísica se atragantan. Para ello necesitaríamos un cuadro, atender a sus trazos antes que al dibujo, una mímica casi invisible, un movimiento de ojos a una velocidad infrecuente. No. Mejor éste. En estos tiempos de religiones rígidas, espurias, insulsas, recomiendo a los creyentes a que vayan a ver a Yawning Man. Y luego nos cuentan.

Texto: @eserregeio

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